miércoles, 19 de agosto de 2015

22. En busca del misterio

Texto: Michael Ende en Carpeta de apuntes
Imagen: Die Barke de Edgar Ende



La obra de Edgar Ende suele incluirse en el surrealismo. Se le concede incluso el rango de primer surrealista alemán (primera exposición en 1921, en Hamburgo). Pero esta clasificación comporta ciertos problemas y puede ser fuente de malentendidos.

El concepto de surrealismo se utiliza hoy de un modo excesivamente nebuloso. Yo hasta lo he visto aplicado en diferentes ocasiones en libros y artículos, a pintores como Klee y Chagall. Parece por tanto necesario intentar, ante todo, dar una breve caracterización del surrealismo en su sentido originario.

El concepto en sí proviene del poeta francés Apollinaire. Otro escritor francés, André Breton, lo hizo suyo, desarrollando, junto con un grupo de artistas y escritores, una teoría que muy pronto traspasó el marco de una nueva estética para convertirse en una visión del mundo y de la vida que pretendía extender su influencia al terreno político, social y moral. Por primera vez surgió -como vuelve a surgir hoy- el concepto de dilatación de la conciencia. A base de drogas, de escritura automática, de asociaciones y de docenas de otros medios, se intentó traspasar el umbral del subconsciente. En todo ello jugaron un gran papel los descubrimientos de Sigmund Freud y de otros psicólogos, pero también los escritos de los magos y alquimistas de todos los tiempos, incluida la legendaria Tabula Smaragdina, atribuida al Hermes Trimegistos. Se esperaba encontrar en las imágenes y hechos del subconsciente una nueva validez general, puesto que esas imágenes y hechos son por así decir preindividuales, o sea, comunes a todos los hombres. El ideal se llamaba «libertad perfecta», o, como lo denominaría más tarde Dalí, la «paranoia consciente». A Edgar Ende esa variante francesa del surrealismo le pareció la «deformación de algo verdadero». Él veía en todo aquello -como veía también, por cierto, en la teoría de Freud- la intervención de un «sutil y por ello tanto más peligroso materialismo» que nunca podía llevar a un encuentro real con lo espiritual, sino solamente a la intuición de lo caótico, demoníaco, lo cual ,indudablemente, es también espíritu, pero desfigurado.

Si se quieren entender bien las intenciones artísticas de mi padre, es imprescindible saber que él era profundamente religioso, si bien de un modo heterodoxo, aconfesional. La realidad de un mundo espiritual, no perceptible por los sentidos, estaba para él fuera de toda duda, y eso no como un concepto abstracto sino en un sentido muy concreto, más aún, personal y esencial. Se podría decir que era platónico en el sentido originario de la palabra. Visto desde esta perspectiva se comprende quizás que se sintiera más afín a artistas como el pintor suizo Füsslio el poeta-escritor inglés William Blake que a los surrealistas de la escuela de París. También, desde un punto de vista formal, se le comprende mejor si se le ve en esta «tradición de los individualistas», pues, al igual que aquéllos, él también aspiraba a un cierto clasicismo, o incluso ingenuidad, en contraposición, por ejemplo, al manierismo consciente de Dalí o la escéptica ironía de Max Ernst. Al igual que Blake y que Füssli, Edgar Ende disponía también del don poco común de la visión interior. Se le podría llamar «visionario», si se entiende esta palabra sin el regusto de persona abúlica, medial, enfermiza. La mejor manera de explicar lo que quiero decir será tal vez describir sin más su modo de trabajar.

Su frase era: «Voy a hacer bocetos». Eso significaba, para mi madre y para mí, que mi padre deseaba que no le molestaran bajo ningún concepto. Se encerraba en su taller, por lo general lo dejaba incluso completamente a oscuras, se echaba en el sofá y se concentraba. Según me explicó él una vez, la dificultad de esa concentración no consistía en concentrarse en un determinado pensamiento, en una idea determinada, sino en no concentrarse en nada. Había que olvidar toda intención, reducir al silencio todo pensamiento, hacer desaparecer toda idea. Entonces, con una conciencia totalmente vacía, pero en una especie de creciente estado de vigilia, esperaba. Éste era, según me explicó, el momento más difícil, pues al menor descuido, al menor relajamiento de la «presencia de espíritu», irrumpía de nuevo en la quietud la conciencia normal del estado de vigilia, con su torbellino de pensamientos y palabras.

Tras un tiempo más corto o más largo -la duración de esa conciencia vacía era diferente- aparecían las imágenes; imágenes de un género totalmente distinto al que eran capaces de producir las ideas o recuerdos normales, imágenes no oscuras ni desdibujadas, sino de claridad meridiana, muchas veces hasta reducidas de tamaño, como si las viera a través de unos prismáticos puestos del revés. Él no podía influir en el contenido de las imágenes, o sea, no podía cambiarlas a voluntad haciendo uso de la imaginación. Muchas veces, él mismo se quedaba enormemente sorprendido ante ellas.

Las imágenes eran rígidas, no se movían, pero a veces cambiaban con una celeridad desconcertante o bien pasaban de largo en tranquilo fluir.

Como ya he explicado, era de capital importancia el no intervenir, durante ese proceso, con el entendimiento crítico normal, pues ello deshacía al instante el universo de imágenes. Pero había, eso decía mi padre, otro criterio que le hacía diferenciar esas imágenes según su importancia o su carencia de ella. Sea como fuere la interpretación que se le dé a tales palabras, en cualquier caso mi padre encendía de tiempo en tiempo una lamparita y, en un pequeño bloc, hacía un boceto de alguna imagen que le parecía interesante. Muchas veces regresaba de una pesca semejante con todo un fichero lleno de bocetos. He descrito tan detalladamente ese proceso porque quisiera salir al paso de un malentendido que surge muchas veces en relación con los cuadros de Edgar Ende, a saber, que esos cuadros sean la representación simbólica o alegórica de algún pensamiento abstracto.

Mi padre, que era una persona jovial, amable, e incluso blanda, a veces podía enfurecerse hasta la grosería si alguno de los que contemplaban el cuadro le preguntaba:

- ¿Cuál ha sido su idea al hacerlo?
- Yo no he tenido ideas al hacerlo -solía responder-, usted es el que tiene que tenerlas.

Sin embargo, escuchaba las interpretaciones de sus cuadros con el mayor interés, sin dar la razón a la una ni a la otra. En una ocasión, una galería de Stuttgart organizó un concurso. Expuso uno de los cuadros de Ende en el escaparate e invitó a los transeúntes, a través de un anuncio, a que escribiesen y presentasen una interpretación del cuadro .Llegaron cientos de contribuciones, de catedráticos de universidad, de amas de casa, de conductores de tranvía, de bachilleres, y ninguna interpretación era igual a la otra. Dicho sea de paso, en ocasiones había tal aglomeración ante el escaparate que tenía que venir la policía para dispersar a la gente.

«La imagen -escribía mi padre una vez en una carta- es pre-lógica, es decir, anterior al pensamiento y más honda que el pensamiento. El concepto abstracto no es sino una imagen muerta».

La imagen, tal y como mi padre quería que se entendiese, es por tanto, en el sentido espiritual, algo vivo. Y como lo vivo produce algo vivo, todo depende del proceso que ello origine en el espectador. El hecho de que tal proceso, según los datos individuales, sea distinto en cada persona es, en definitiva, una de las pruebas de su verdadera vitalidad.

He hablado más arriba de que Edgar Ende estaba convencido de la realidad de un mundo espiritual, situado más allá de nuestra percepción sensorial. Con esto no debe creerse que él tomara por esa realidad espiritual las imágenes que contemplaba por vía meditativa. Él insistía una y otra vez en que esas imágenes no eran, por supuesto, la realidad espiritual, pero que justamente a través de ellas, a través de lo extraño, curioso, chocante, encontraba su expresión ese mundo espiritual. Según él, el contacto con el verdadero mundo espiritual va unido, sobre todo para el hombre moderno, a una vivencia de shock, precisamente de ahí viene ese miedo subconsciente ante ella, un miedo que suele quedar encubierto bajo la capa de rechazo burlón o escepticismo lógico.

Pero volvamos a los bocetos. Cuando volvía de una pesca así, no empezaba inmediatamente a pintar. Ambos procesos, el de invención de los temas y el de ejecución pictórica, él los mantenía perfectamente separados.

Tenía, como ya he dicho, cientos y cientos de tales bocetos en sus ficheros, y podían pasar meses, hasta años, hasta que volvía a sacar uno de ellos. El primer paso solía consistir entonces en hacer un gran dibujo del boceto seleccionado y en trabajarlo formalmente. Ya aquí se producían cambios que eran necesarios por razones artísticas, como por ejemplo las que tienen que ver con la composición o la simplificación.

En un segundo paso trataba de resolver el problema del color, todavía no en el lienzo, al principio, sino en estudios preparatorios. En este punto permítaseme una observación. Los críticos de arte han reprochado a veces a Edgar Ende que en su colorido se echa de menos la «calidad sensorial». Esto presupone implícitamente que el escritor haya aspirado a conseguir tal «calidad sensorial». Ese criterio sigue vinculado a la idea del «bello colorido» o de la belle peinture, más o menos como nos los enseñaron los impresionistas franceses. Pero las corrientes modernas y recientes de las artes plásticas muestran que no toda pintura debe ser medida por ese patrón.

«El llamado buen gusto -así lo expresó mi padre en una ocasión- no tiene nada que ver con el arte, sino con la confección de sombreros».

La última etapa era el pasar la imagen al lienzo. Lo mismo que en los procesos anteriores, otra vez se hacía necesario llevar a cabo cambios de orden formal, si bien él ponía enorme cuidado en no echar a perder la verdadera idea del cuadro, sino en hacerla aún más clara, más sencilla, y en eliminar todo lo superfluo. La severidad extrañamente ascética, más aún, la desnudez de muchos cuadros viene del esfuerzo por concentrarse al máximo. Un epílogo extraordinariamente divertido del proceso de elaboración solía ser la búsqueda de un título para el cuadro. Ante ese problema, mi padre estaba muchas veces perplejo y casi desesperado. Llamaba en su ayuda a la familia y a los amigos. Tenía que ser un título que inspirase al observador sin fijarle en ninguna dirección. Y como cada uno de nosotros, naturalmente, introducía en el cuadro su propia interpretación cuando proponía algo, la proposición se veía también, naturalmente, rechazada. En algunos casos, como el tiempo apremiaba, mi padre se decidía por un título que, en lo posible, no dijese nada, y que designase simplemente el cuadro. Ningún título tiene mayor importancia.

Sólo he mencionado este detalle en sí secundario con el fin de prevenir al observador de buena voluntad para que no infiera de los títulos una significación «literaria» de las pinturas. Lo mejor -y en plena conformidad con las intenciones de Edgar Ende- sería que cada uno se animase a dar a los cuadros un título a su manera.


0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

Recopilatorio de los mejores artículos en español sobre la vida y obra de Michael Ende, autor de La historia interminable y Momo. Escritor alemán de la postguerra, nacido en Garmisch-Partenkirchen, el 12 de Noviembre de 1929 y muerto el 28 de Agosto de 1995 en Stuttgart,

Aquel que quiera hacer magia, tiene que poder aplicar y dominar su capacidad de desear.. Con la tecnología de Blogger.

Featured Post Via Labels