viernes, 29 de mayo de 2015

2. Un cuento de miedo completamente normal

Texto: Michael Ende en Carpeta de apuntes
Imagen: ---




En aquella época nos solíamos reunir en el Leopold, uno de esos bares de Schwabing comparables, en lo acogedor, a una sala de espera de tercera clase, pero que tenían la ventaja de cerrar a las doce de la noche. Le ponían a uno en la calle, sin más y eso evitaba tener que decidirse uno mismo a irse a casa y a la cama, en lugar de seguir allí hasta las tantas de la madrugada y beber otra cerveza más, otro vino más –por qué diablos se hará eso-, lo cual constituía un problema, o solo por la correspondiente resaca del día siguiente sino por la falta de dinero de todos nosotros. Pero al Leopold se podía ir; toleraban que uno permaneciera allí horas ante una sola copa de vino. Hoy ya no sería posible eso. En cualquier caso, allí encontraba uno siempre algún amigo con el que poder discutir un poco (en aquel entonces éramos todos más o menos existencialistas, y quien se lo podía permitir llevaba un jersey negro de cuello alto), y si alguna vez llegaba a suceder que no hubiese ningún amigo, no había mas que esperar un poco. Más temprano o más tarde acababa llegando alguno.

La noche de la que quiero hablar se había reunido en torno a nuestra mesa de siempre toda una tertulia. Allí estaba, alto como un castillo el pintor Oskar P., que por los motivos que fuese atendía por el nombre de Oki, con su diminuta mujer báltica, que ganaba dinero para él, parecía siempre como un poco indignada y se llamaba Ökchen. En realidad, su nombre era Inge, pero como en nuestro círculo había demasiadas Inges, sólo la llamábamos así. Estaba también Heinz H., bajito y así mismo pintor y autodidacta, el único de nosotros que había conseguido vivir en relativa armonía con dos mujeres, su esposa legal, alemana del norte, y su concubina austriaca. Allí estaban las dos, la esposa hacia punto, a la concubina le había dado otra vez por llorar un poquito (lo hacia con frecuencia y le gustaba) porque él, con su sonora voz que llegaba a las mesas vecinas, la criticaba por algo relacionado con su incultura. A su lado estaba sentado Eberhard S., un físico de apacible carácter que pese a su juventud estaba casi completamente calvo y trabajaba en Siemens. Aparte de éstos vi en la mesa a dos tertulianos no habituales: Inge S., una belleza de alrededor de los cuarenta, que trabajaba de animadora nocturna en alguno de los hoteles elegantes de Munich, una mujer que tenía un sex appeal curiosamente indolente, de pantera. Más de la mitad de la juventud masculina de Schwabing había pasado por sus enseñanzas eróticas por lo que llevaba el sobrenombre de barco-escuela. Aquella noche había traído con ella a un chico joven, un estudiante de medicina –ella lo llamaba Butzi-, que ya al poco rato nos resultó a todos bastante cargante porque, con insoportable insistencia y sin darnos el menor respiro, hacía alarde de chicote tosco e ingenuo. Al parecer era de campo, de una familia de aldeanos, y se comportaba como si tuviese que enseñarnos lo que es el primitivismo bávaro.

Ökchen trataba de frenarle con algunas observaciones cáusticas, pero Butzi no las oía o no quería oírlas. Poco a poco enmudecieron todos hasta que el ingenuo aldeano se encontró sin público y se le agotaron sus estúpidos chistes. El barco-escuela echó una mirada al reloj y dijo que pronto iba a ser hora de marcharse. Su trabajo empezaba a las doce y media en le hotel Regina-Palast. Parecía que la velada estaba definitivamente estropeada.

Hay un método comprobado para transformar, con seguridad casi infalible, un grupo excesivamente heterogéneo o aburrido en animado cenáculo. Es mejor no emplearlo demasiadas veces con las mismas personas pero la primera vez funciona prácticamente siempre. Quien quiera puede convencerse él mismo de ello. Yo lo pongo aquí al servicio de la generalidad: sólo hay que plantear la cuestión de si hay de verdad o no espectros, fantasmas y cosas semejantes. Al cabo de pocos minutos, el grupo se ha convertido en una especie de tribunal de justicia, con un ministerio fiscal que defiende la posición del racionalismo ilustrado, con defensores, que por lo general aducen argumentos sacados de alguna publicación parapsicológica, y con testigos, que aportan experiencias propias, más o menos curiosas sobre el tema. Los indecisos adoptan por así decir la posición del jurado, los diferentes partidos se dirigen a ellos para convencerlos de la opinión respectiva.

Planteé, pues, la cuestión en medio de un silencio que ya comenzaba a pesar, y el intento dio resultado, como era de esperar. No había pasado mucho tiempo y ya la tertulia se hallaba en plena y acalorada discusión.

En el fondo yo había calculado que, ante ese tema, Butzi, el amante de la naturaleza, reaccionara con irónicas carcajadas y jactanciosos razonamientos, pero en lugar de eso noté que iba enmudeciendo cada vez más y que parecía como abatido. Terminó por no tomar parte en la conversación y permanecía sentado con los ojos clavados en la jarra de cerveza, que sostenía con ambas manos.

Yo le pedí que nos dijera lo que pensaba sobre aquel tema, pero él sacudió la cabeza. Los otros se dieron cuenta entonces de su extraño comportamiento e insistieron en que respondiera.
- Yo he vivido eso –dijo en voz baja-. Y no vuelvo a reírme de una cosa así. Antes también reía, pero no vuelvo a hacerlo. Ya lo he vivido.

Ahora nos había picado realmente la curiosidad y no pensábamos ceder. Él buscaba escapatorias, pero nosotros no cejábamos. Cuando por fin vio que en vano trataba de defenderse comenzó a contar, primero tragando saliva, luego cada vez con mas apresuramiento, como si quisiera acabar con aquello lo antes posible.

<< Todo pasó hace cosa de un año. Sí, hace casi un año exacto, en vacaciones. Yo estaba de excursión con un compañero de curso, estudiante de medicina también, un tío de una familia elegantísima, era barón. Lazarus von Altenberg, de Suabia. Entre los nobles hay hoy en día mucho pobretón y unos cuantos cargados de millones; ambos grupos no se tratan entre si. Él era de los pobretones. Quizá esa fuese la razón de por qué no tenía respeto de nada ni de nadie. No he conocido en toda mi vida un tío más desvergonzado. Éramos amigos. Sí, creo que se puede afirmar eso, en efecto. Éramos íntimos amigos. 

Así que habíamos quedado en hacer, durante las vacaciones del año pasado, una marcha a pie de quince días por el Jura Suabo. Pero no me preguntéis ahora por detalles geográficos de ningún género. Jamás me he interesado por tales cosas, ni siquiera en el bachillerato, así que no recuerdo ningún nombre de lugar, no se me ha quedado nada. 

Lazi –así le llamaba yo- había preparado previamente la ruta a seguir. Quería visitar algunas comarcas y varios castillos en ruinas que habían pertenecido a sus antepasados hace no sé cuántas generaciones. A mí, en el fondo, eso me interesaba poco, yo caminaba con él y dejaba que él decidiera lo que fuese. En mi tierra hay montañas más altas y el Jura Suabo no es que me impresione mucho.

Los primeros días tuvimos una gran suerte con el tiempo, hacia sol y un calor moderado, hasta era posible bañarse. Hice sin embargo un descubrimiento que me produjo cierta sorpresa. Habíamos plantado las tiendas a orillas de un pequeño lago, junto a un bosque, yo me tire inmediatamente al agua. Pero mi amigo se negó tozudamente a hacer lo mismo. Volví a la orilla para cogerlo y tuvimos un pequeño forcejeo.

Yo era más fuerte y le eche al agua sin más miramientos, desde una pasarela que servia de desembarcadero. Fue solo después cuando noté que no debí haberlo hecho. Aunque el agua solo le llegaba al abdomen, le dio un auténtico ataque de histeria y tuve que sacarle por la fuerza. No era solo que no supiese nadar: el agua le daba una especie de pánico absurdo, lo mismo que otras personas tienen claustrofobia o vértigo. La razón de ello no lo sabía él mismo, o no quiso decírmela. Bueno, lo cierto es que desde entonces me bañaba yo solo, cuando surgía la oportunidad y le dejaba a él en paz. 

Cosa de una semana después el tiempo empeoró. Empezó a llover y aquello no paraba. Nosotros nos limitábamos a caminar, lo más directamente posible, de un albergue a otro y casi siempre llegábamos chorreando y muertos de frío. La cosa ya no era muy divertida, pero mi amigo insistía en que continuásemos, diciendo que quizás mejorase pronto el tiempo. Lo que no era el caso, en absoluto, más bien empeoraba.

Una vez llegamos a una pasarela del bosque, que hacía de puente sobre un arroyo que había crecido hasta convertirse en un caudaloso torrente y el agua había arrancado la pasarela. Yo propuse que tratásemos de cruzar a la otra orilla atravesando el agua por una parte mas estrecha, pero mi amigo no estaba dispuesto a ello. Sacó su mapa topográfico, que ya estaba bastante empapado, y dijo que mas abajo, a pocos kilómetros, había un puente más grande. Así que nos pusimos en camino.

Para ser breves: no encontramos el puente. Probablemente, Lazi había confundido el arroyo del mapa con otro. Estaba oscureciendo y nosotros seguíamos dando vueltas por el bosque. Finalmente, tuvimos que reconocer que nos habíamos extraviado sin remedio. No sabíamos dónde estábamos.

Si el tiempo hubiese sido propicio, habríamos encendido tranquilamente una hoguera y pasado la noche al sereno, pero seguía diluviando. Tampoco había cueva alguna o cualquier otro refugio; la cosa empezó a ponerse bastante poco apetecible. Seguíamos dando traspiés en la oscuridad esperando encontrar un pueblo o al menos una carretera, pues al fin y al cabo, el Jura Suabo no es la selva virgen brasileña.

Hacia las diez de la noche dimos, en efecto, con un pueblecillo que parecía como muerto. No veíamos luz en ninguna casa y una fonda donde pudiésemos coger una habitación no parecía que hubiese. Mi amigo maldijo en voz alta de todas las virtudes suabas, sobre todo del sentido del ahorro, que lleva a los naturales del país a dormirse con las gallinas.

Finalmente, descubrimos un débil resplandor que pasaba a través de las rendijas de unas contraventanas cerradas. Pertenecían a una casa grande y vetusta, situada directamente al lado de una iglesia, en el centro del lugar. Se trataba, por todas la muestras, de la casa parroquial. Llamamos al timbre, y como no sirvió de nada, aporreamos la puerta. Ésta tardó bastante en abrirse.

Ante nosotros había un hombre bajo y regordete, con una bata llena de zurcidos. Era calvo por delante, el resto de sus cabellos blancos le llegaba hasta los hombros. La cara parecía como fofa, pero nos miraba con amabilidad, y mientras le explicamos nuestra situación y le pedíamos hospedaje, mantenía la cabeza ladeada y la mano pegada al oído. Estaba bastante claro que era sordo. Cuando por fin nos entendió, nos ofreció su casa.

Arrastrando los pies, marchó delante de nosotros, a través de un pasillo oscuro e inmensamente largo, de suelo enlosado, hasta llegar a su despacho, en el que apestaba a tabaco malo de pipa. Sobre la mesa, había encendida una sola lámpara, de pantalla verde. Se sentó detrás de la mesa y nos invito a acomodarnos en el sofá.

Nuestra suposición resulta ser cierta, era, en efecto, el párroco del pueblo y se llamaba Magerle [“delgadín”], lo que causó a mi amigo una risa ahogada que el otro, sin embargo, no percibió. Nosotros también nos presentamos, y él nos hizo algunas preguntas, de dónde éramos, dónde estudiábamos y cosas así. Le dimos de buen grado la información, y por fin pareció conforme. Se disculpó por no poder ofrecernos nada, ya que la mujer que le llevaba la casa se había marchado a las siete, como siempre, y nosotros nos apresuramos a asegurarle que estábamos bien provistos de comida y que no queríamos molestarlo mas, lo único que queríamos pedirle era que tuviese la bondad de permitirnos dormir allí. Añadimos que estábamos de acuerdo con lo que fuese y que no teníamos ningún tipo de exigencias

Guardó silencio y se nos quedó mirando largo tiempo meditativamente. Yo pensé que quizá no hubiese entendido nuestra petición y la repetí en voz alta. Asintió sonriente, encendió la pipa y empezó a fumar con aire pensativo. Carraspeó luego y dijo:
- En el primer piso, justo encima de donde estamos, tengo un cuarto de huéspedes con dos camas y un lavabo. Si ustedes quieren, señores, lo pongo a su disposición con mucho gusto. Pero antes tengo que advertirles que en esta casa hay fantasmas.

Nosotros nos miramos, mi amigo soltó una risita irónica y preguntó:
- ¿Qué dice que ocurre?
- Que hay fantasmas –respondió el señor Magerle amablemente-. Ustedes saben lo que eso quiere decir, ¿no? Hay un fantasma que se pasea por esta casa. Por lo demás, es inofensivo y no hace nada malo a nadie. Sólo que se pone a trajinar, nadie sabe en qué y por qué, sobretodo allá arriba. Por eso yo vivo y duermo aquí abajo. Lo mismo hacía mi predecesor y el predecesor de éste. Viene cada noche, entre las doce y la una.
- Por supuesto –solté yo sin darme cuenta-. ¿Cuándo si no?

El párroco me miró sonriente.
- No estoy bromeando, querido joven. Se lo estoy diciendo para que estén preparados, pues no va con los gustos de todo el mundo el hacer experiencias de éste género. Es, de verdad, algo muy diferente de cuando se lee tales cosas. Ahora, la habitación lleva ya tiempo vacía, pero antes ha habido ocasiones en que mis huéspedes han sufrido crisis nerviosas o ataques cardíacos, pero sólo por el miedo, pues como ya he dicho el fantasma no hace nada malo a nadie, si ya esto no les molesta, entonces, señores, pueden utilizar ustedes las camas. 
- No, seguro –dijimos ambos casi al unísono-. Una cosa así no nos molesta en lo absoluto.

De nuevo nos observó el párroco un rato, chupando su pipa. Al cabo, hizo un gesto con la cabeza.
- Ustedes son estudiantes de medicina, científicos, y quizás encuentren ridícula la pregunta de un viejo cura de pueblo, pero pese a ello quiero hacérsela. ¿Saben ustedes rezar?
- ¿Qué quiere decir exactamente? –pregunté yo.
- Bueno, el Padrenuestro, por ejemplo.
- Para ser sincero –respondió mi amigo riendo-, no sé si me sale entero. La clase de religión hace ya mucho que pasó a la historia, por desgracia.
- Inténtelo –respondió el señor Magerle con voz seria-. A veces sirve.

Luego nos invitó a seguirle. Salimos al pasillo. De allí, una amplia escalera de madera de roble, ennegrecida por los años, llevaba al primer piso, el pasillo de arriba era algo más estrecho, y la tarima del suelo crujía cuando pasábamos a lo largo de una serie de puertas. Nuestro anfitrión abrió la última y encendió la luz.
- Ésta es su habitación, señores.

Entramos en una pieza bastante grande, pero de techo bajo con vigas. Olía a moho y a polvo, en la pared de enfrente de la puerta había una ventana, los pesados cortinones estaban corridos. En la pared izquierda, separados sólo por una mesilla de noche, había dos potentes camas de madera, los enormes edredones de plumas y los almohadones carecían de funda, al lado, en la pared había un lavabo con solo un grifo, enfrente, en la pared de la derecha, se veía una gran chimenea inglesa, con leña apilada en su interior. En los lugares libres se elevaban estanterías llenas de libros viejos y polvorientos, y en el ángulo entre la ventana y la chimenea había una especie de pupitre alto, con una gran Biblia, encuadernada en piel. 
- Siento mucho- dijo el señor Magerle- que no estén hechas las camas, pero como he dicho el ama se ha ido ya y yo no sé dónde guarda ella las sábanas. Claro no contábamos con esto.
- Oh, no se preocupe usted – le interrumpí yo-. Nos las arreglaremos muy bien así. Le estamos realmente muy agradecidos.

Yo me caía de sueño y ya solo quería dormir.
El párroco se dirigió hacia la puerta y metió la llave en la vetusta cerradura de hierro.
- La dejo metida por dentro –explicó-, por si prefieren echar la llave. Por más que…
- No, muchas gracias –dijo mi amigo en voz alta-. No será necesario
- Como quieran. Les deseo buenas noches -, murmuró el viejo abriendo la puerta. Pero luego se dio otra vez media vuelta y añadió-: Hace un poco de frío aquí, y si quieren, pueden encender la chimenea. Hay leña en abundancia.
- Muy amable, señor cura – exclamé yo-, y muy buenas noches también.

La puerta se cerró, nosotros nos miramos y empezamos a reírnos como dos payasos. Nos había costado mucho contener hasta ese momento las carcajadas.
- ¡No es posible, no es posible! –Exclamó mi amigo arrojándose sobre una de las camas-, no, de verdad que esto no es posible. ¡Ay, cuánto me gustan estos suabos y su poética imaginación! ¿Tú crees que se puede dar con un personaje semejante en cualquier otro rincón del mundo?
- ¿Quieres que te diga una cosa? –dije yo, sentándome a su lado-. Tengo la impresión de que ese tío loco se lo cree él mismo.
- ¡Qué va! –respondió Lazi-. Que poco conoces tú a este género de listillos. Se esta mondando de risa pensando que nos ha metido el miedo en el cuerpo.
- No, en serio –insistí yo-, él no ha mentido. Está chaveta, eso es todo.
Mi amigo se incorporó.
- ¿Tú piensas que le falta un tornillo?
- Si, exactamente

Lazi se sentó delante de la chimenea y encendió las astillas ya preparadas. Las llamitas prendieron en los leños de haya y el fuego empezó a crepitar.
- No se, pero me parece curioso todo esto –dijo mi amigo-. En contra de lo que dice, es casi como si hubiera estado esperando visita.
Yo ya estaba bostezando:
- No necesariamente, las camas no están hechas y ni siquiera un poco de pan con mantequilla o un vaso de cerveza…

Nos despojamos de nuestra ropa húmeda y la colgamos sobre dos sillas que pusimos cerca del fuego. La habitación estaba caldeándose agradablemente. Sacamos de las mochilas nuestros chándal, también unos calcetines de lana secos y nos los pusimos, echamos luego mano de nuestros provisiones y de las termos y comimos y bebimos. En alguna parte de la casa, un reloj dio once campanadas. Lazi se echo a reír de pronto:

- ¿Quieres que te diga una cosa? –dijo mientras seguía comiendo-, independientemente de si ese viejo estrafalario está loco o sólo se hace pasar por tal, yo estoy casi seguro de que va a montar algún espectáculo, con sábanas y con ¡uhhhhhh! Y ¡buhhhhhhh! Tendríamos que darle un pequeño escarmiento para que de ahora en adelante se lo piense, si le compensan los cuentos de miedo. ¿Tú que opinas?
- Cómo tú quieras –respondí ya medio dormido. Disponíamos cada uno de nosotros de una gran linterna de bolsillo, que colocamos en la mesilla, Lazi apagó la luz eléctrica y nos metimos bajo los edredones de plumas. La habitación quedó iluminada únicamente por el parpadeo de las llamas, y fuera seguía oyéndose el golpeteo de la lluvia. Debí quedarme dormido pues de pronto note que Lazi me sacudía y susurraba a mi oído:
- ¡Eh, despierta. Creo que empieza la función! Me costo trabajo recuperar la conciencia y en el primer momento no sabia donde estaba.
- ¿Qué pasa? –murmure-. Déjame en paz, por favor.
- ¡Pero escucha! –dijo mi amigo con un cuchicheo. El ruido parecía venir de abajo, del pasillo enlosado. A decir verdad, no se como describirlo. Parecían como explosiones, pequeñas y vibrantes, que se repetían a intervalos irregulares, o como si alguien diera golpes en el suelo con una barra de hierro, o también, no se, como pasos lentos, pesados, oscilantes hasta cierto punto, de unos zapatos de metal.
- Ahí viene –susurró mi amigo-. Cuando esté subiendo la escalera, le damos un empujón. ¡venga!
Yo le contuve:
- No, oye, nada de empujarle hacia abajo. Eso podría acabar mal.
- Bueno, entonces solo le damos un buen susto. Venga, date prisa.

Agarramos nuestras linternas, abrimos sigilosamente la puerta y nos deslizamos al pasillo, negro como un túnel. Allí, tanteando la pared, avanzamos hasta la amplia escalera de roble y nos colocamos, el uno al lado del otro, en el descansillo superior.
- Cuando yo diga ¡uno, dos tres!, enciendes la linterna –me susurró Lazi al oído. 

Teníamos las linternas preparadas, los pesados pasos, o como se les quiera llamar, se acercaban lentamente a la escalera, entremedias se oía ahora también un sonido extraño, como si arrastrasen algo o como si tintinease algo, y una especie de jadeo, una respiración lenta y bronca, como de quien tiene un asma muy fuerte, y sin embargo era…, no sé como decirlo, no estaba claramente localizado, quiero decir, tenia una especie de resonancia, un eco de otra procedencia.

Ahora, el ruido subía paso paso, con enervante lentitud, los peldaños de la escalera, que chirriaban como si cedieran bajo un peso inmenso, cuando el ruido había llegado aproximadamente a la mitad de la escalera, Lazi me susurro al oído.
- Ahora: ¡uno, dos, tres!

A un tiempo encendimos ambos las linternas, el cegador cono de luz iluminó con claridad meridiana la escalera: pero allí no había nada, no había absolutamente nada, solo el ruido seguía avanzando hacia nosotros, peldaño tras peldaño.

Completamente trastornados por el pánico instantáneo que se había apoderado de nosotros, regresamos precipitadamente a nuestro cuarto, cerramos de golpe la pesada puerta, y mi amigo dio varias vueltas a la enorme llave. Después, nos metimos de un salto en la cama, con una mano tiramos del edredón tapándonos hasta la barbilla, y con la otra dirigimos el cono de luz de la linterna contra la puerta. 

Los pasos, lo que fuese, se acercaron y de pronto se detuvieron. Se hizo un silencio total, hasta el fuego de la chimenea dejó de crepitar, solo seguía oyéndose fuera el rumor acompasado de la lluvia. No se cuanto tiempo duró aquel silencio, pero creo que fueron por lo menos diez minutos. Yo tenía ya la esperanza de que todo hubiera pasado cuando oí que a mi amigo le castañeteaban los dientes. Pero no pude dirigir la vista hacia él, sino que miraba como hipnotizado hacia la puerta. Y entonces percibí también lo que él indudablemente ya había visto antes que yo: los pesados tableros tallados empezaron a combarse, la puerta entera se abombaba hacia dentro, como si fuese de goma, pero sin el menor ruido, una y otra vez, y la terrible presión ejercida desde fuera parecía aumentar cada vez mas. Note como el sudor frío me goteaba por la nariz. 

Entonces se paró de pronto, como si la fuerza se hubiese agotado, por un instante no ocurrió nada más, pero al cabo empezaron a llover golpes contra la puerta, como si diez gigantes, locos de furia, apalearon la puerta con pesados martillos y con barras de hierro. Yo creí que el marco entero iba a salirse del muro, pero esta vez no se movía nada, la hoja de la puerta ni siquiera temblaba. 

De nuevo hubo un silencio bastante largo; al cabo, vi que la llave de hierro, que seguía encajada en la cerradura, se movía lentamente y a intervalos, me picaba la piel de la cabeza, pues los pelos se me estaban poniendo literalmente de punta. El cerrojo se descorrió, el picaporte se movió hacia abajo, y centímetro a centímetro se fue abriendo la puerta hasta que se halló de par en par. 

En el mismo instante la habitación se volvió fría como el hielo. No digo que yo sintiese frío sino que el aire de la estancia se volvió tan helado que veía delante de mí la propia respiración, jadeante. Se apagaron luego las llamas de la chimenea y solo quedó un rescoldo de brasas. Los conos luminosos de las linternas temblaban: apenas podíamos sostenerlas. 

El extraño y áspero jadeo, con aquel eco ultraterreno, empezó otra vez, y los pasos, arrastrándose pesadamente, entraron en la habitaron. Se acercaron a los pies de mi cama y se detuvieron allí. No sé cuánto duró aquello, a mí me parecieron horas. Luego, los pasos se dirigieron a la cama de Lazi y se pararon allí. Ahora pude echar por primera vez una mirada a su rostro, y a penas lo reconocí, tan desfigurado estaba. Los ojos se le salían de las órbitas y la boca estaba completamente abierta, como si se ahogase. Quise llamarlo, pero la voz no me salió del cuerpo.

Finalmente los pasos se apartaron de él se arrastraron hasta el pupitre que había en el rincón. Vi cómo se abría sola la gran Biblia, luego las hojas se movieron de acá para allá, como agitadas por un fuerte vendaval. Todo el tiempo se oía el áspero jadeo. Al cabo de un rato cesó aquel hojear fantasmagórico, y de la chimenea se levantó una brasa, que flotó en el aire y fue a posarse sobre una página del libro, donde resbaló en una y otra dirección y finalmente, con una pequeña explosión se deshizo en un chisporroteo. 

Los pesadas pasos recorrieron el cuarto, se detuvieron otra vez ante la cama de Lazi, avanzaron renqueantes hacia la puerta, que se cerró de un portazo, y se perdieron poco a poco en un rincón de la casa, el fuego de la chimenea volvió a arder con claras llamaradas, como si nunca se hubiese apagado, y la estancia estaba agradablemente caldeada.

Había terminado la pesadilla.

Lo primero que hice fue ocuparme de Lazi, que estaba muy mal. Se había dejado caer en los almohadones, tenía la cara verdosa, los ojos extraviados, de forma que solo se veía lo blanco, y el pulso era prácticamente inexistente, le froté las manos, le di unos golpecitos en las mejillas y le llamé por su nombre, pero pasó un rato hasta que recobró a medias la conciencia. Por suerte guardaba yo todavía en la mochila una pequeña cantimplora con un poco de aguardiente de genciana, y le hice tragar un poco.

Cuando por fin estuvo algo mejor y pudo levantarse, examinamos lo primero la puerta. Estaba cerrada con llave. Nos miramos en silencio, y Lazi sacudía continuamente la cabeza. No se por qué, en el fondo, pero conversábamos en voy muy baja.

Fuimos después hacia la Biblia, que seguía abierta, encima del pupitre. Una página tenía, en uno de los márgenes, un quemado, y un pasaje estaba subrayado con carbón. Decía así: Padre Abraham, envía a Lázaro para que meta la punta del dedo en agua y humedezca mi lengua, pues me abraso en este fuego. 

Tuve que sujetar a mi amigo, pues las piernas se le doblaron de golpe. Lo arrastré hasta su cama y le di otro sorbo de genciana; el último resto me lo tome yo
- Yo quiero irme de aquí- murmuraba todo le tiempo- hay que largarse de aquí. Vámonos, te lo pido por favor, vámonos ahora mismo …

Fuera seguía oyéndose el rumor de la lluvia, la noche era oscura como boca de lobo, y de todos modos no hubiéramos sabido adonde ir, así que intenté calmar a mi amigo, en la medida de lo posible. Pase una silla junto a su cama y le cogi la mano hasta que, agotado, cayo en una especia de letargo. Así pasamos el resto de la noche.

Al día siguiente, el párroco nos recibió con un abundante desayuno. El ama ya había llegado y preparado todo. Una señora mayor, delgada, con una sombra de bigote y zapatos extraordinariamente grandes, que, sin saludar, nos pasó el café sobre la mesa y se marchó.

El estrafalario viejo nos dirigió una mirada escrutiñadora, mientras que nosotros tomábamos el desayuno sin gran apetito. En su blando rostro se dibujaba la misma sonrisa que el día anterior.
- ¿Han dormido bien los jóvenes señores? –quiso saber.
Lazi permanecía en silencio, por lo que fui yo quien respondió:
- No es que pueda decirse eso, precisamente.
El párroco asintió:
- Me lo imaginaba
- ¿Es que no ha oído usted nada de ese… ruido infernal? –pregunte.
Él sacudió la cabeza:
- No, en el resto de la casa nunca se oye nada. Ni siquiera en la habitación de al lado.

Parecía estar esperando que contásemos algo, pero ninguno de los dos tenía ganas. Sólo cuando habíamos terminado, dije yo:
- Por cierto, el agujero negro que hay en la antigua Biblia…, bueno, no tenemos la culpa nosotros.
- ¿Culpa? –preguntó él- ¿Qué quiere decir usted?
- Bueno, solo quería decir que no somos nosotros los autores del quemado.
Magerle clavó la mirada en Lazi y dijo en voz baja: 
-Eso es otra cosa.

Como mi amigo seguía sin decir nada, yo le di las gracias por la hospitalidad con que nos había acogido, y nos pusimos en camino.

La mañana era bastante fría y soplaba el viento, pero había dejado de llover.
Después de haber camino cosa de una hora llegamos a una estación de ferrocarril y nos montamos en el primer tren. Tácitamente estábamos de acuerdo en poner término a la excursión. Regresamos a Munich. Lazi no dijo una sola palabra durante todo el viaje.



El narrador se bebió de un trago la jarra de cerveza y se recostó en la silla.
Entre sus oyentes empezó un runruneo de comentarios. La esposa legal reanudó la labor de punto que, al final, había dejado caer. 
- La verdad, no sé que pensar –decía Oki a su mujer, que le asediaba con preguntas en voz baja.

Eberhard S., el físico, sonreía sardónicamente.

El barco-escuela observaba a Butzi sorprendida y con un cierto orgullo de propietaria, como si no hubiese notado hasta aquel momento qué extraño ejemplar había adquirido, y preguntó:
- ¿Se ha terminado tu historia?
- Sí –respondió él-. La mía se ha acabado, pero la verdadera historia empieza ahora. Sólo que no la puedo contar, porqué no la sé. Se refiere a Lázaro. 
- ¿Y eso? –preguntó Heinz H.- ¿Qué pasó con él?
- Yo apenas pude sacar nada de él –respondió Butzi, quien daba de pronto la impresión de estar cansado y no parecía tener ganas de seguir hablando-. Después de nuestra experiencia común, casi no lo he vuelto a ver. Me rehuía, no se porqué. Lo único que he podido saber es que hace varias generaciones hubo en aquella comarca un antepasado suyo que ahogó a su propio hermano para ser el único heredero del patrimonio familiar. Pero la cosa no se aclaró nunca, porque no encontraron el cadáver. A la viuda del asesinado la obligo a casarse con él. De esa unión maldita nació un único hijo que fue el antepasado directo de mi amigo, de lo que no tengo idea es de la posible relación de todo ese asunto con la vieja casa parroquial.
- Pero eso sería justamente lo interesante –exclamó la concubina austriaca -. Tiene usted que preguntárselo, absolutamente. 

Butzi hizo una mueca para dibujar una sonrisa desprovista de alegría:
- Ya lo haría si pudiese. Pero desgraciadamente no puedo. Mi amigo ha muerto.
Durante un momento reino un consternado silencio
- ¿Cómo murió? –preguntó Ökchen.
Butzi vacilaba, al parecer no le apetecía dar una respuesta.
- ¿Una enfermedad? –le insistía Ökchen- ¿un accidente? ¿O fue un suicidio?
Butzi hacía girar la jarra vacía entre las manos y dijo quedamente:
- Se ahogó… en una palangana.

Los oyentes intercambiaron miradas y parecían apunto de soltar la carcajada, pero el rostro de Butzi tenía una expresión que contuvo a todos. Parecía que no había sido una broma, en absoluto, había incluso palidecido un poco y tenía en las mejillas unas manchas rojas.
- ¿Qué significa eso? –preguntó el pequeño Heinz H. alzando un poco la voz.
Butzi respiró profundamente y dijo sin mirar a ninguno de nosotros:
- Yo no estuve presente, así que no se cómo paso. Fue hace dos meses. Él vivía en la Amalienstrasse, cerca de la universidad, su habitación tenía una ventana que daba al patio interior, no costaba mucho, pues él no tenía dinero. Un cuchitril, sin calefacción ni agua corriente, al parecer, había puesto la palangana de lavarse en el alfeizar y se había lavado allí, con la ventana abierta, la persiana era de las que se suben y bajan con una correa colocada en la pared. Era vieja y mohosa y por la razón que sea la correa tuvo que haberse roto, la persiana le cayo seguramente en el cuello como una guillotina, aplastando su cabeza contra la palangana. Cuando lo encontraron un día después, casi no podían levantarla.

Butzi alzo la vista, y nos miro a todos, uno después de otro. 
- Bueno- dijo con una sonrisa forzada-, eso es todo. Más no sé.

Nuestra obesa camarera, Zonzi, vino a nuestra mesa y nos conminó bruscamente a vaciar los vasos y a pagar.
- ¡Esto se ha acabado, señores! Una quiere también irse por fin a casa y a la cama, y mañana por la mañana amanece otra vez. Siempre son ustedes los últimos.

El Leopold se había ido vaciando, en efecto. Pagamos y nos marchamos. A Butzi se lo llevó el barco-escuela en su coche. Eberhard S. y yo caminamos juntos un rato, pues teníamos el mismo trayecto. Permanecimos callados los dos hasta llegar a su portal.
- ¿Qué te ha parecido la historia? –pregunté.
- No sé- dijo él-. Un cuento de miedo completamente normal. Los pasos, la respiración jadeante, el frío súbito… todo clichés que ya se conocen de muchísimos otros relatos, no demasiado original, excepto el asunto de la palangana, quizás.
- Pero así son ésos fenómenos- objeté yo-. En todos los relatos son siempre los mismos. Eso habla en realidad en pro de su autenticidad.
- ¿Quieres decir con eso que te crees esa historia?
Yo asentí
- ¿Y tú?
Él se echó a reír y me dio unas palmaditas en el hombro,
- No, hijo mío, ni tampoco creo en papá Noel, si es que no me lo tomas a mal, pero tengo que admitir que le ha puesto un suspense enorme. Ya es algo, antes no lo hubiese creído capaz de eso. ¡Que duermas bien! Adiós, hasta otro día.
- Adiós –dije yo-. Que duermas bien también.

Y me puse a pensar adonde podría ir aun para estar con gente.


1 comentario:

  1. Oh, un relato genial... Gracias por el aporte ^^

    ResponderEliminar

Recopilatorio de los mejores artículos en español sobre la vida y obra de Michael Ende, autor de La historia interminable y Momo. Escritor alemán de la postguerra, nacido en Garmisch-Partenkirchen, el 12 de Noviembre de 1929 y muerto el 28 de Agosto de 1995 en Stuttgart,

Aquel que quiera hacer magia, tiene que poder aplicar y dominar su capacidad de desear.. Con la tecnología de Blogger.

Featured Post Via Labels