lunes, 6 de abril de 2015

1. Fantasia en peligro

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 sus agujeros, nidos y madrigueras se dirigían todos los animales del Bosque de Haule.



Era medianoche, y en las copas de los viejísimos y gigantescos árboles rugía un viento tempestuoso. Los troncos, gruesos como torres, rechinaban y gemían.



De pronto, un resplandor suave cruzó en zig-zag por el bosque, se quedó temblando aquí o allá, levantó el vuelo, se posó en una rama y se apresuró a continuar. Era una esfera luminosa, aproximadamente del tamaño de una pelota, que daba grandes saltos, rebotaba de vez en cuando en el suelo y volvía a flotar en el aire. Pero no era una pelota.



Era un fuego fatuo. Y se había extraviado. Un fuego fatuo infatuado, lo que resulta bastante raro, incluso en Fantasia. Normalmente son los fuegos fatuos los que hacen que otros se infatúen.



En el interior del redondo resplandor se veía una figura pequeña y muy viva, que saltaba y corría a más no poder. No era un hombrecito ni una mujercita, porque esas diferencias no existen entre los fuegos fatuos. Llevaba en la mano derecha una diminuta bandera blanca, que tremolaba a sus espaldas. Se trataba, pues, de un mensajero o de un parlamentario.



No había peligro de que, en sus grandes saltos aéreos en la oscuridad, se diera contra el tronco de algún árbol, porque los fuegos fatuos son increíblemente ágiles y ligeros y pueden cambiar de dirección en mitad de un salto. A eso se debía su ruta en zig-zag, porque, en general, se movía siempre en una dirección determinada.

Hasta que llegó a un saliente rocoso y retrocedió asustado. Jadeando como un perrito, se sentó en la oquedad de un árbol y reflexionó un rato, antes de atreverse a asomar de nuevo y mirar con precaución al otro lado de la roca.

Ante él se extendía un claro del bosque y allí, a la luz de una hoguera, había tres personajes de clase y tamaño muy distintos. Un gigante que parecía hecho de piedra gris y que tenía casi diez pies de largo estaba echado sobre el vientre. Apoyaba en los codos la parte superior de su cuerpo y miraba a la hoguera. En su rostro de piedra erosionada, que resultaba extrañamente pequeño sobre sus hombros poderosos, la dentadura sobresalía como una hilera de cinceles de acero. El fuego fatuo se dio cuenta de que el gigante pertenecía a la especie de los comerrocas. Eran seres que vivían inconcebiblemente lejos del Bosque de Haule, en una montaña... pero no sólo vivían en esa montaña, sino también de ella, porque se la iban comiendo poco a poco. Se alimentaban de rocas. Afortunadamente, eran muy frugales y un solo bocado de ese alimento, para ellos sumamente nutritivo, les bastaba para semanas y meses. Además, no había muchos comerrocas y, por otra parte, la montaña era muy grande. Pero como aquellos seres vivían allí desde hacía mucho tiempo -eran mucho más viejos que la mayoría de las criaturas de Fantasía-, la montaña, con el paso de los años, había adquirido un aspecto muy raro. Parecía un gigantesco queso de Emmental lleno de agujeros y cavernas. Sin duda por eso la llamaban la Montaña de los Túneles.

Pero los comerrocas no sólo se alimentaban de piedra, sino que hacían de ella todo lo que necesitaban: muebles, sombreros, zapatos, herramientas..., hasta relojes de cuco. Y por eso no resultaba muy sorprendente que aquel comerrocas tuviera detrás una especie de bicicleta totalmente hecha del material citado, con dos ruedas que parecían robustas piedras de molino. En conjunto, la bicicleta parecía una apisonadora con pedales.

El segundo personaje que se sentaba a la derecha de la hoguera era un pequeño silfo nocturno. Como mucho, era dos veces mayor que el fuego fatuo y parecía una oruga negra como la pez, cubierta de piel, que se hubiera puesto de pie. Gesticulaba vivamente al hablar, con sus dos diminutas manitas de color rosa, y allí donde, bajo unos pelos negros y revueltos, debía de tener la cara, ardían dos grandes ojos, redondos como lunas.

Silfos nocturnos, de las formas y los tamaños más variados, había en Fantasía por todas partes y, por eso, no se podía saber a primera vista si aquél había llegado de cerca o de lejos. De todos modos, parecía estar también de viaje, porque la montura habitual de los silfos nocturnos -un gran murciélago- colgaba boca abajo, envuelta en sus alas como un paraguas cerrado, de una rama situada detrás de él.

Al tercer personaje del lado izquierdo de la hoguera sólo lo descubrió el fuego fatuo al cabo de un rato, porque era tan pequeño que, desde aquella distancia, sólo podía verse con dificultad. Pertenecía a la especie de los diminutenses, y era un tipejo muy fino, con un trajecito de colores y un sombrero de copa rojo en la cabeza.

Sobre los diminutenses el fuego fatuo no sabía casi nada. Sólo una vez había oído decir que ese pueblo construía ciudades enteras en las ramas de los árboles, en las que las casitas estaban unidas entre sí por escalerillas, escalas de cuerda v toboganes. Sin embargo, esas gentes vivían en una parte totalmente distinta del reino sin fronteras de Fantasía, más lejos, mucho más lejos aún que los comerrocas. Por eso era tanto más extraño que la cabalgadura que aquel diminutense tenía a su lado fuera precisamente un caracol. Estaba detrás de él. Sobre su concha de color rosa brillaba una sillita de montar plateada, y también el bocado y las riendas que sujetaban sus cuernos brillaban como hilos de plata.

El fuego fatuo se maravilló de que aquellos seres tan diversos se sentasen juntos armoniosamente, porque por lo común, en Fantasía, no todas las especies vivían en paz y armonía. A menudo había luchas y guerras, existían también rivalidades de siglos entre determinadas especies, y además no sólo había criaturas buenas y honradas, sino también rapaces, perversas y crueles. El propio fuego fatuo pertenecía a una familia a la que podían ponerse reparos en materia de credibilidad y fiabilidad.

Sólo después de haber contemplado un rato la escena se dio cuenta el fuego fatuo de que los tres personajes llevaban una banderita blanca o una banda también blanca cruzada en el pecho. Así pues, eran igualmente mensajeros o parlamentarios, y eso explicaba, desde luego, que se comportasen tan pacíficamente.

¿No estarían de viaje, en fin de cuentas, por las mismas razones que el fuego fatuo?

Lo que hablaban no se podía entender desde lejos, a causa del rugiente viento que sacudía las copas de los árboles. Pero, como se respetaban mutuamente en calidad de mensajeros, quizá reconocerían también como tal al fuego fatuo y no le harían nada. Y, al fin y al cabo, tenía que preguntar a alguien el camino. Sería difícil que se presentara una oportunidad mejor en pleno bosque y en plena noche. Así pues, se decidió, salió de su escondite agitando la banderita blanca y se quedó temblando en el aire.

El comerrocas, que tenía el rostro vuelto en su dirección, fue el primero que lo vio.
- Hay muchísimo tráfico esta noche -dijo con voz rechinante-. Ahí llega otro.
- ¡Huyhuy, un fuego fatuo! -cuchicheó el silfo nocturno, y sus ojos de luna se encendieron-. ¡Me alegro, me alegro!

El diminutense se puso en pie, dio unos pasitos hacia el recién llegado y gorjeó: 
- Si no me equivoco, ¿usted está aquí también en calidad de mensajero?
- Sí -dijo el fuego fatuo.

El diminutense se quitó el rojo sombrero de copa, hizo una pequeña reverencia y trinó: 
- En tal caso, acérquese por favor. También nosotros somos mensajeros. Siéntese.

Y, con un gesto de invitación, señaló con el sombrerito el sitio libre que quedaba junto a la hoguera.
- Muchas gracias -dijo el fuego fatuo acercándose más, tímidamente-, perdonen la libertad. Permítanme que me presente: me llamo Blubb.
- Encantado -respondió el diminutense-. Yo me llamo Ockuck.

El silfo nocturno se inclinó sin levantarse.
- Mi nombre es Vúschvusul.
- Mucho gusto en conocerlo -rechinó el comerrocas-. Yo soy Pyernrajzark.

Los tres miraron al fuego fatuo, que desvió la mirada nervioso. A los fuegos fatuos les resulta muy desagradable que los miren descaradamente.
- ¿No quiere sentarse, amigo Blubb? -preguntó el diminutense. .
- La verdad es que tengo mucha prisa -respondió el fuego fatuo- y sólo quería preguntarles cómo llegar desde aquí a la Torre de Marfil.
- ¡Huyhuy! -dijo el silfo nocturno-. ¿Quieres ver a la Emperatriz Infantil?
- Exacto -dijo el fuego fatuo-. Tengo un mensaje muy importante que transmitirle.
- ¿Qué mensaje? -rechinó el comerrocas. 
- Bueno... -el fuego fatuo cambió el peso de su cuerpo de una pierna a otra-, es un mensaje secreto. 
- Los tres tenemos la misma misión que tú... ¡Huyhuy! -respondió Vúschvusul, el silfo nocturno-. Estamos entre colegas.
- Es posible que incluso llevemos el mismo mensaje -opinó Úckuck, el diminutense.
- ¡Siéntate y cuéntanos! -rechinó Pyernrajzark.

El fuego fatuo se instaló en el sitio libre.
- Mi patria -comenzó a decir después de reflexionar un poco- se encuentra bastante lejos de aquí... No sé si alguno de los presentes la conoce. Se llama Podrepantano.
- ¡Huyhuy! -suspiró encantado el silfo nocturno-. ¡Un lugar maravilloso!

El fuego fatuo sonrió débilmente. 
- ¿Verdad que sí? -
- ¿Y qué más? -rechinó Pyernrajzark-. ¿Por qué estás aquí, Blubb?
- En Podrepantano, nuestro país -siguió diciendo entrecortadamente el fuego fatuo-, ha ocurrido algo... algo incomprensible... Es decir, está ocurriendo aún... Es difícil describirlo... empezó por, es decir... Bueno, al este de nuestro país hay un lago... o, mejor dicho, había... llamado Cálidocaldo. Y todo empezó porque, un día, el lago de Cálidocaldo no estaba ya allí... Simplemente había desaparecido, ¿comprendéis?
- ¿Quiere usted decir -preguntó Úckuck- que se secó ?
- No -repuso el fuego fatuo-, en tal caso habría ahora allí un lago seco. Pero no es así. Donde estaba el lago no hay nada... Simplemente nada, ¿comprendéis?
- ¿Un agujero? -gruñó el comerrocas.
- No, tampoco un agujero -el fuego fatuo parecía cada vez más desamparado-. Un agujero es algo. Y allí no hay nada. 

Los otros tres mensajeros intercambiaron miradas. 
- ¿Qué aspecto tiene... huyhuy... esa nada? -preguntó el silfo nocturno.
- Eso es precisamente lo que es tan difícil de describir -aseguró el fuego fatuo con tristeza-. En realidad, no se parece a nada. Es como... como... Bueno, ¡no hay palabras para describirlo!
- ¿Como si uno se quedara ciego al mirar ese lugar, no? -se le ocurrió al diminutense.

El fuego fatuo lo contempló con la boca abierta. 
- ¡Eso es exactamente! -exclamó-. Pero, ¿de dónde... quiero decir, cómo... o es que también conocéis ese...? 
- ¡Un momento! -rechinó el comerrocas interviniendo--, ¿Eso ha ocurrido en un solo lugar?
- Al principio sí --explicó el fuego fatuo-; es decir, el lugar se hizo cada vez mayor. Cada vez faltaba algo más en la región. El Supersapo Sumpf, que vivía con su pueblo en el lago de Cálidocaldo, desapareció de repente. Otros habitantes comenzaron a huir. Pero poco a poco empezó también en otros lugares de Podrepantano. A veces era al principio muy pequeño, una cosa de nada, del tamaño de un huevo de gallineta. Pero esos lugares se ensanchaban. Si alguien, por descuido, ponía el pie en ellos, el pie... o la mano... o lo que hubiese entrado allí desaparecía también. Por lo demás, no es doloroso... lo único que pasa es que, al que sea, le falta de pronto un pedazo. Algunos hasta se han tirado dentro intencionadamente, al ver que la nada se les acercaba demasiado. Tiene una fuerza de atracción irresistible, que se hace tanto más intensa cuanto mayor es el lugar. Ninguno de nosotros podía explicarse qué era esa cosa horrible, de dónde venía ni qué se podía hacer contra ella. Y, como por sí sola no desaparecía, sino que se extendía cada vez más, finalmente se decidió enviar un mensajero a la Emperatriz Infantil para pedirle 
consejo y ayuda. Y ese mensajero soy yo.

Los otros tres miraban ante sí en silencio. 
- ¡Huyhuy! -se oyó decir al cabo de un rato a la voz lastimera del silfo nocturno-. Allí de donde yo vengo ocurre exactamente lo mismo. Y estoy aquí con la misma misión... ¡Huyhuy!

El diminutense volvió el rostro hacia el fuego fatuo. 
- Cada uno de nosotros -gorjeó- viene de un país distinto de Fantasia. Nos hemos encontrado aquí por pura casualidad. Pero todos traemos el mismo mensaje para la Emperatriz Infantil. 
- Lo que quiere decir -gimió el comerrocas- que Fantasía entera está en peligro.

El fuego fatuo los miró uno tras otro, con un susto de muerte.
- Entonces -exclamó poniéndose en pie de un salto-, ¡no hay un segundo que perder!
- De todas formas, íbamos a marcharnos ya -explicó el diminutense-. Sólo habíamos hecho un alto a causa de la impenetrable oscuridad de este Bosque de Haule. Pero ahora 
que está con nosotros, Blubb, podrá iluminarnos.
- ¡Imposible! -exclamó el fuego fatuo-. No puedo esperar a alguien que monta en un caracol.
- ¡Pero si es un caracol de carreras! -dijo el diminutense un tanto molesto.
- Y además... ¡Huyhuy! -cuchicheó el silfo nocturno-. ¡Si no, no te diremos la dirección!
- ¿Con quién estáis hablando? -gruñó el comerrocas.

Porque la verdad era que el fuego fatuo no había oído ya las últimas palabras de los otros mensajeros, sino que se alejaba por el bosque a grandes saltos.
- Bueno -dijo -grandes el diminutense, echándose el sombrero de copa rojo hacia atrás-, como alumbrado de carretera, un fuego fatuo quizá no hubiera sido de todas formas lo adecuado.

Al mismo tiempo saltó a la silla de su caracol de carreras.
- También yo -declaró el silfo nocturno llamando con un suave ¡huyhuy! a su murciélago- preferiría que cada uno viajara por su cuenta. ¡Al fin y al cabo, voy por el aire! 

Y ¡zas! desapareció.

El comerrocas apagó la hoguera golpeándola simplemente unas cuantas veces con la palma de la mano. 
- También yo lo prefiero -se le oyó rechinar en la oscuridad-. Así no tendré que preocuparme de no aplastar cualquier cosa diminuta.

Y se le oyó penetrar en el bosquecillo sobre su potente bicicleta, con toda clase de crujidos y chasquidos. De vez en cuando chocaba sordamente contra algún gigante arbóreo y se le oía rechinar y gruñir. Lentamente, el estrépito se alejó en la oscuridad.

Uckuck, el diminutense, se quedó solo. Cogió las riendas de hilo de plata y dijo:
- Bueno, veremos quién llega antes. ¡Vamos, viejo, vamos!

Y chasqueó la lengua.

Y luego no se oyó nada más que el viento tempestuoso, que rugía en las copas de los árboles del Bosque de Haule.


El reloj de la torre próxima dio las nueve.



Sólo de mala gana volvieron a la realidad los pensamientos de Bastián. Le alegraba que la Historia Interminable no tuviera nada que ver con esa realidad.



No le gustaban los libros en que, con malhumor y de forma avinagrada, se contaban acontecimientos totalmente corrientes de la vida totalmente corriente de personas totalmente corrientes. De eso había ya bastante en la realidad y, ¿por qué había que leer además sobre ello? Por otra parte, le daba cien patadas cuando se daba cuenta de que lo querían convencer de algo. Y en esa clase de libros, más o menos claramente, siempre lo querían convencer a uno de algo.



Bastián prefería los libros apasionantes, o divertidos, o que hacían soñar; libros en los que personajes inventados vivían aventuras fabulosas y en los que uno podía imaginárselo todo.



Porque eso sabía hacerlo..., quizá fuera lo único que realmente sabía hacer: imaginarse algo tan claramente que casi podía verlo y oírlo. Cuando se contaba a sí mismo sus historias, a menudo olvidaba todo lo que le rodeaba y se despertaba sólo al final, como de un sueño. ¡Y aquel libro era exactamente de la misma clase que sus propias historias! Al leerlo, no sólo había oído el rechinar de los gruesos troncos y el rugido del viento en las copas de los árboles, sino también las distintas voces de los cuatro extraños mensajeros, y hasta se había imaginado percibir el olor del musgo y del suelo del bosque.



Abajo, en la clase, comenzaría pronto la hora de Ciencias, que consistía principalmente en contar pistilos y estambres a las flores. Bastián se alegró de estar en su esconditey poder leer. ¡Era exactamente el libro apropiado para él, pensó, exactamente el apropiado!

Una semana más tarde, Vúschvusul, el pequeño silfo nocturno, llegó a la meta el primero. O, más bien, estaba convencído de ser el primero, porque había llegado por los aires. Era la hora de la puesta de sol, y las nubes del cielo de la tarde parecían de oro líquido, cuando se dio cuenta de que su murciélago se cernía ya sobre el Laberinto. Ése era el nombre de una gran llanura que se extendía de horizonte a horizonte, y que no era otra cosa que un jardín inmenso, lleno de perfumes turbadores y colores de sueño. Entre arbustos, setos, prados y macizos con las flores más extrañas y extraordinarias, discurrían anchos caminos y estrechas veredas de forma tan artística y complicada, que el jardín entero formaba un laberinto de increíble extensión. Naturalmente, aquel laberinto sólo se había construido para jugar y divertirse, y no para poner seriamente en peligro a nadie ni para defenderse contra ningún atacante. Para ello no hubiera servido y tampoco la Emperatriz Infantil necesitaba esa protección. En todo el reino sin fronteras de Fantasía no había nadie de quien tuviera que guardarse. Eso se debía a algo que pronto sabremos.



Mientras el pequeño silfo nocturno planeaba con su murciélago, sin hacer ruido alguno, sobre aquel laberinto de flores, pudo observar toda clase de extraños animales. En un pequeño claro, entre lilas y lluvias de oro, jugaba una manada de jóvenes unicornios al sol crepuscular, y una vez hasta le pareció haber visto, bajo una gigantesca campánula azul, a la famosa ave fénix en su nido, pero no estaba totalmente seguro y tampoco quiso volver para comprobarlo, a fin de no perder tiempo. Porque ahora aparecía ya ante él, en medio del Laberinto y reluciendo en forma maravillosa, la Torre de Marfil: el corazón de Fantasía y la residencia de la Emperatriz Infantil.



La palabra “torre" podría dar quizá, a alguien que no haya visto nunca el lugar, una falsa impresión, como si se tratase de la torre de una iglesia o de un castillo. La Torre de Marfil era tan grande como una ciudad. Desde lejos, parecía un picacho alto y puntiagudo, retorcido sobre sí mismo como una concha de caracol, y cuyo punto más alto llegaba a las nubes. Sólo al acercarse se veía que aquel inmenso pilón de azúcar se componía de innumerables torres, torreones, cúpulas, tejados, miradores, terrazas, arcos, escaleras y balaustradas, que se entrecruzaban y entrelazaban. Todo era del marfil más blanco de Fantasía, y cada detalle estaba tan soberbiamente tallado, que se hubiera podido tomar por el más fino encaje.



En todos aquellos edificios vivía la corte que rodeaba a la Emperatriz Infantil: tesoreros y sirvientas, sabias y astrólogos, magos y bufones, mensajeros, cocineros y acróbatas, funámbulas y narradores de historias, heraldos, jardineros, guardianes, sastres, zapateros y alquimistas. Y arriba del todo, en la punta más alta de la majestuosa torre, vivía la Emperatriz Infantil en un pabellón que tenía la forma de un capullo de magnolia. Algunas noches, cuando la luna llena brillaba en el cielo estrellado de forma especialmente grandiosa, las hojas de marfil se abrían convirtiéndose en una espléndida flor en cuyo centro estaba la Emperatriz Infantil.



El pequeño silfo nocturno aterrizó con su murciélago en una de las terrazas bajas, donde estaban las caballerías. Al parecer, alguien debía de haber anunciado su llegada, porque lo esperaban ya cinco cuidadores imperiales de animales, que lo ayudaron a bajar de la silla, se inclinaron ante él y luego, en silencio, le ofrecieron la libación ceremonial de bienvenida. Vúschvusul probó apenas del vaso de marfil, para guardar las formas, y luego lo devolvió. Cada uno de los cuidadores bebió igualmente un trago, y luego todos se inclinaron de nuevo y llevaron al murciélago a los establos. Todo se desarrolló en silencio.



Cuando el murciélago llegó al lugar que le estaba destinado, no tocó la bebida ni la comida, sino que se enrolló enseguida sobre sí mismo, se colgó de su gancho cabeza abajo y cayó en un profundo sueño de agotamiento. Lo que había exigido de él el pequeño silfo nocturno había sido un poco excesivo. Los cuidadores lo dejaron en paz y se marcharon de puntillas.

En aquel establo, por cierto, había muchas cabalgaduras: un elefante rosa y uno azul, un gigantesco grifo, cuya parte superior parecía de águila y la inferior de león, un caballo blanco alado, cuyo nombre fue conocido en otro tiempo fuera de Fantasia, pero ahora se había olvidado, algunos perros voladores, otros murciélagos también y hasta libélulas y mariposas para jinetes especialmente pequeños. En otros establos había además otras cabalgaduras que no volaban, sino que corrían, reptaban, saltaban o nadaban. Y cada una de ellas tenía cuidadores especiales para su servicio y aseo.

Lo normal hubiera sido que se oyera una considerable confusión de voces: bramidos, chillidos, silbidos, gorjeos, cantos de rana y graznidos. Pero reinaba un silencio total.

El pequeño silfo nocturno estaba aún en el sitio en que el cuidador lo había dejado. De repente se sintió abatido y desanimado, sin saber muy bien por qué. Pero también él estaba agotado por el largo, larguísimo viaje. Y ni siquiera el hecho de haber sido el primero lo animaba.
- Hola -oyó decir de pronto a una vocecita gorjeante-, ¿no es nuestro amigo Vúschvusul? ¡Qué bien que haya llegado usted por fin!

El silfo nocturno miró a su alrededor y sus ojos de luna se encendieron porque, en una balaustrada, apoyado negligentemente contra un tiesto de flores, estaba Úckuck, el diminutense, agitando su rojo sombrero de copa.
- ¡Huyhuy! -dijo el silfo nocturno desconcertado y, alcabo de un rato, repitió otra vez-: ¡Huyhuy! -Simplemente no se le ocurría nada más inteligente.
- Los otros dos -explicó el diminutense- no han llegado aún. Yo estoy aquí desde ayer por la mañana. 
- ¿Cómo... ¡huyhuy!... es posible? -preguntó el silfo nocturno.
- Bueno -dijo el diminutense, sonriendo con un poco de condescendencia-, ya se lo dije: tengo un caracol de carreras.

El silfo nocturno se rascó con su manecita rosa la negra maraña de piel de la cabeza.
- Tengo que ver enseguida a la Emperatriz Infantil -dijo lloriqueando.

El diminutense lo miró pensativo.
- Mmm -dijo-, bueno, yo solicité audiencia ya ayer.
- ¿Audiencia? -preguntó el silfo nocturno-. ¿No se la puede ver enseguida?
- Me temo que no -gorjeó el diminutense-, hay que esperar mucho. Hay... cómo diría... una enorme afluencia de mensajeros.
- Huyhuy -gimió el silfo nocturno-, ¿por qué? 
- Lo mejor -trinó el diminutense- es que lo vea usted por sí mismo. Venga, amigo Vúschvusul, ¡venga!

Los dos se pusieron en camino.

La calle principal, que ascendía por la Torre de Marfil en una espiral cada vez más estrecha, estaba llena de una densa multitud de extraños personajes. Gigantescos yinnis, ataviados con turbantes, diminutos duendes, trolls de tres cabezas, enanos barbudos, hadas luminosas, faunos de pies de cabra, mujercitas salvajes con piel de vellón dorado, resplandecientes espíritus de las nieves y otros seres innumerables subían y bajaban por la calle, formaban grupos hablando en voz baja, o se acurrucaban mudos en el suelo, mirando ante sí melancólicamente.

Cuando Vúschvusul los vio se quedó inmóvil. 
- ¡Huyhuy! -dijo-. ¿Qué pasa aquí? ¿Qué hacen aquí todos ésos?
- Son mensajeros -le explicó Úckuck en voz baja-, mensajeros de todas las regiones de Fantasia. Y todos traen el mismo mensaje que nosotros. He hablado ya con muchos de ellos. Al parecer, en todas partes ha surgido el mismo peligro.

El silfo nocturno dejó escapar un largo suspiro quejumbroso.
- ¿Y se sabe qué es y de dónde viene? -preguntó. 
- Me temo que no. Nadie puede explicárselo. 
- ¿Y la Emperatriz Infantil?
- La Emperatriz Infantil -dijo el diminutense en voz baja- está enferma, muy, muy enferma. Quizá sea ésa la causa de la incomprensible desgracia que se ha abatido sobre Fantasía. Pero hasta ahora ninguno de los muchos médicos que están reunidos en el recinto del palacio, ahí arriba, en el Pabellón de la Magnolia, ha podido averiguar por qué está enferma y qué se puede hacer para curarla. Nadie conoce el remedio.
- Eso -dijo el silfo nocturno sordamente- es, ¡huyhuy!, una catástrofe.
- Sí -respondió el diminutense-, eso es lo que es. 

Dadas las circunstancias, Vúschvusul renunció de momento a solicitar audiencia de la Emperatriz Infantil.

Dos días después, por cierto, llegó también Blubb, el fuego fatuo, que naturalmente se había equivocado de dirección y había dado un enorme rodeo.

Y finalmente -otros tres días más tarde- llegó el comerrocas Pyernraizark. Vino a pie, apisonando el suelo, porque en un repentino ataque de hambre furiosa se había comido su bicicleta de piedra..., por decirlo así, como provisión de boca.

Durante el largo tiempo de espera, los cuatro desiguales mensajeros se hicieron muy amigos, y también luego siguieron juntos.

Pero ésa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.


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Recopilatorio de los mejores artículos en español sobre la vida y obra de Michael Ende, autor de La historia interminable y Momo. Escritor alemán de la postguerra, nacido en Garmisch-Partenkirchen, el 12 de Noviembre de 1929 y muerto el 28 de Agosto de 1995 en Stuttgart,

Aquel que quiera hacer magia, tiene que poder aplicar y dominar su capacidad de desear.. Con la tecnología de Blogger.

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