martes, 10 de febrero de 2015

El folklore imaginario

Texto: Fernando Herrero en revista de folklore número: 53, tomo 05a, año 1985, pp 154-158
Imagen: Jacek Yerka



I.-CONCEPTOS.

Difícil es separar, al cabo del tiempo, aquellos "mensajes" del pasado que proceden de una serie de hechos y costumbres repetidos, que nacen desde el interior de un grupo humano concretizado, de los que surgen de la imaginación -tanto la tradición popular de historias y consejas, o incluso de la determinación- de crear unos mundos específicos, con una serie de supuestos que los configuran, a través de la distancia, como reales. Así, la coexistencia de un folklore real y un folklore imaginario ha sido una constante que sólo estudios antropológicos serios han conseguido deslindar. De todas formas, esta búsqueda de la autenticidad es en ocasiones una simple cuestión de "orden", aunque, en otras, se convierte en sustancia de un examen verídico de la historia y no de una pura elucubración sobre la misma, generalmente manipulada desde unos presupuestos políticos y sociales determinados.

La estrecha simbiosis de lo "real" y lo "imaginario" en algo tan amplio como es el folklore, se comprueba incluso en la serie de trabajos que esta Revista viene publicando. Coexisten los absolutamente concretos (tanto en costumbres, poemas, instrumentos, etc.) con otros preponderantemente ficcionales (la Saga arturiana, por ejemplo). Personalmente, me apasiona el folklore y sus posteriores implicaciones en la cultura concreta -originaria o trasvasada- de cada país o etnia en un momento historio determinado. Cuando el pensador, poeta y "maldito" autor francés Antoine Artaud ve una representación del teatro balinés (folklore en estado puro), sufre un choque estético profundo y catárquico, que influye decisivamente en su teoría-poética del teatro, tan influyente hasta nuestros días. ("El teatro y su doble" folklore trascendidos.) Toda la vitalidad del folklore más allá de su fijación documental, se encuentra, pues, en esta dualidad indefinible y, hasta cierto punto, y afortunadamente, indefinida.

Desde estas premisas, no se puede negar la trascendencia del folklore imaginario. Claro está que en ocasiones puede servir de coartada a una precisa autenticidad. En la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de Los Angeles, la parodia del Oeste americano procedía de una distorsión de una tradición verdadera, dulcificada y trastocada por la ideología conservadora que plasmó en una Disneylandia, mixtificación del propio pasado de los colonos. Este folklore-prostituta sustituyó a la fuerza innata de la colonización ("El ruido y la furia", que diría Faulkner desde el propio Shakespeare), llena de contradicciones. El rechazo de un film como "Las puertas del cielo", de Michael Cimino, se deriva de esta preferencia por lo "imaginario" como fórmula específica y utilísima de rechazo de lo real, que puede ser ingrato en determinados momentos.

Nos llevaría muy lejos una aproximación a este fenómeno, que tiene connotaciones amplísimas. Vamos a obviarlo de momento, para detenernos en un examen global del "Folklore imaginario", no como sustitutivo o enmascarador de la realidad, sino como creación de unos mundos en los que los personajes se sitúan "ante" y "desde" determinadas formas de conducta, que se plasman en maneras de mesa, hábitat, fiestas, canciones, leyendas, músicas..., llegando a la creación "totalizadora" de mundos, sean absolutamente fantásticos: la Saga de Tolkien sobre los "hobbit", o superpuestos a la realidad pasada y presente: la " Yoknapatawpha", de Faulkner, o la "Santa María", de Onetti, para citar dos ejemplos señeros.

El creador puede inventar -o reflejar conductas- y también, en el deseo cosmogónico que le asemeja a Dios, extender su imperio a la creación de mundos totales que pueden ser un desafío a la propia realidad, y desde el folklore, que es también expresión de lo "fantástico" específico, hacerla nacer otra vez. ¿No es el caso de "Macondo", de García Márquez, inmortalización de sus personajes, de sus leyendas, sus costumbres, de tal forma que hacen olvidar aquellos elementos de la historia pasada o la conflictividad presente, motores del acto creador?.

El hecho del folklore (demos una caracterología al concepto de la mayor amplitud) tendrá que depender siempre de esa imbricación real-imaginaria, que producen los signos metahistóricos. Incluso si leemos esos poemas o canciones tan concretos, tan aparentemente ligados a una cronología específica, el aleteo de "lo imaginario" los recorre. La investigación folklórica no sólo recoge materiales, sino que investiga sobre sus orígenes, y a veces éstos se encuentran en la pura leyenda, absolutamente superpuesta otra vez a la historia. ¿Qué características pueden encontrarse en la conocida canción de "Mambrú se fue a la guerra", sus orígenes históricos y las connotaciones puramente lúdicas de la melodía?. Y como éste se podrían multiplicar los ejemplos.

La Saga arturiana, por ejemplo, con sus Lohengrines, Parsifales, Lancelotes, etc., es una leyenda que mezcla muchas voces; el folklore, a fuerza de ser autóctono, y en paradoja no demasiado contradictoria, se universaliza. Diversas etnias, diversas culturas, confluyen en ocasiones en la interpretación de unos mitos que traspasan todas las fronteras y son objeto de todas las exégesis. Que una de las obras maestras del hoy devaluado John Stembeck sea su crónica inconclusa de los "Caballeros de la Tabla Redonda", es un dato absolutamente significativo. No nos cabe duda que Arturo, Ginebra, el Santo Grial, Excalibor, etc., motivos del folklore, son más reales que la propia antropología del pueblo primitivo en sus "maneras de mesa", como había mostrado esa obra maestra para un investigador de estos temas que es "Lo crudo y lo cocido", de Claude Levi-Strauss.

Folklore y cultura son palabras tan interrelacionadas como lo imaginario y lo real, como lo autóctono y lo universal; tenerlas en cuenta para una correcta y enriquecedora utilización de los complejos materiales que forman el sustrato de una región, una etnia, un determinado país o civilización es esencial. y no olvidemos tampoco -a ello me referí en un artículo publicado en esta Revista- la contaminación que afecta en sus raíces y sus desarrollos a los signos en principio más puros y originales. Hoy en día, por ejemplo, la unilateralidad de los mensajes imagénicos fuerza a una idéntica postura en la exteriorización de las conductas lúdicas. El espectáculo inicial de los Juegos olímpicos de Los Angeles, con sus características a la "americana" en plan tópico, ha sido contemplado por ciudadanos de todo el mundo. ¿cómo no pensar en una influencia decisiva a la hora de la expresión danzada, por ejemplo? Significativamente, el ballet de Seúl hizo en la clausura un número tan imitativo que parecía "Ballet oriental made in USA". Constatación que puede ampliarse en muchos parámetros.



II.-LO IMAGINARIO, SUPERPOSICION DE LO REAL.

Llega la hora de enfrentarnos a lo que es motivo y razón de este trabajo: la defensa de un folklore imaginario, nacido de la creatividad de un autor determinado. En principio, nos gustaría hacer una distinción: la que separa la formulación de unos personajes en un contexto preexistente, al que sirven de catalizadores (Galdós y sus "Episodios", Zola y su "Rougon Macquert"), de la invención de unos mundos geográficos, físicos y sociales que no responden exactamente a una radiografía de lo real, aunque sí puedan existir las lógicas influencias, en los que los personajes surgen armónicamente, desde idéntica mente rectora. Es en este último caso de donde procede la sustituibilidad de una "realidad", por otra que, en algunas ocasiones, entra en los campos de la "utopía", desde el deseo de transformación, incontaminado que nace por primera vez. Es el caso concreto de Tolkien y su mundo de los "hobbit", de los autores de "Los Gnomos", de todas y cada una de las ficciones en las que se descomponen los elementos fantásticos en la búsqueda y consecución de una específica cotidianeidad que los enmarque. Y esta cotidianeidad la dan a la vez las descripciones minuciosas de su hábitat, de sus comidas, de sus leyendas, del sustrato final de un tejido de comportamientos que el escritor fija absolutamente en sus textos.

¿Existen los gnomos? Naturalmente. No sólo en la fantasía de "La Historia interminable", de Michael Ende, sino en la concreción de lo "habitual" con lo "imaginario". Los mapas en que Tolkien acompaña su saga, las cronologías y apéndices de la historia e intrahistoria de la tierra del medio, son las pruebas evidentes de la realidad de su mundo inventado. Las canciones, las poesías, son ya un legado -inextinguible- de una época que fue creada por un nuevo demiurgo, un profesor que sentía nostalgia de unos tiempos históricos muy diferentes de los que le tocó vivir.

Folklore imaginativo como reacción a la degradación de la autenticidad de los hechos. Forma de modelar el comportamiento de una realidad amenazante e imposible de domeñar. La simplicidad de la naturaleza ( sobre todo, la Saga tolkiniana, en los relatos sobre gnomos, hadas y elfos) es una de las coartadas favoritas de estos mundos nuevos, que, muchas veces, se sitúan en pasados remotos o en presentes que hacen relación con zonas todavía no contaminadas. No cabe duda de la gran influencia que "El señor de los anillos" ha ejercido y ejerce incluso sobre los movimientos ecologistas. El folklore reclamado es esencialmente una pertenencia de la utopía, que se ve combatida desde todos los puntos por las oleadas de un futuro que a fuer de dramático y "productivo" ha ido desechando los objetos, situaciones, actitudes, obras, que pudieran representar un "valor de cambio", para reducir éste a uno solo: el dinero .y sus derivados.

La destrucción del folklore real, su sustitución por la unilateralidad del mensaje, por la cada vez más limitada pluralidad de "gustos", es atacada si no de forma frontal, sí ostensiblemente por estos mundos "imaginarios" que oscilan, como todo este tema por lo demás, entre lo reaccionario de una negación al progreso y lo "progresivo" de una incontaminación que se presenta como último reducto a la unificación y masificación totales. Dilema este esencial, con el que hay que contar ineludiblemente a la hora de examinar todos y cada uno de estos fenómenos. Tan peligroso es el rechazo en bloque desde un utilitarismo genérico, como la admisión sentimental y subjetiva de un "pasado" .que nunca puede volver. Si la obra de Tolkien es, a mi juicio personal, una maravilla etnográfica y literaria, la utilización que han hecho de la misma determinados grupos de "fans", no ha significado otra cosa que una banalización total de su contenido.

Si Tolkien utiliza el pasado imaginario (la saga de ciencia-ficción, pienso, por ejemplo, en "Dune", de Frank Heraert, parte de la antiutopía y no crea, a mi entender, un folklore característico, sino una descomposición de las formas del presente), otros autores, como Faulkner "



III.-FOLKLORE: LA TOTALIDAD COMO CONJUNTO DE SIGNIFICACIONES.

Abrimos eternamente el material folklórico, y la universalidad de lo vivido no puede prescindir de la aún mayor de lo creado. El flujo inagotable de las leyendas se mezcla con el papel concretizado de las pequeñas cosas, los pequeños gestos. Esta interrelación es una prueba evidente de la riqueza maravillosa de estos materiales, tantas veces desdeñados incluso por sus propios detentadores: los instrumentos originales, los poemas, los autos tradicionales de la representación teatral, las canciones, los objetos, etc., trascienden su entidad para formar parte de un universo que rompe geografías y tiempos. El pasado y el presente, oriente y occidente, celtas, sajones, culturas marginales y tradicionales, recopilación histórica, leyendas de viva voz, escrituras creadoras, investigación etnológica y antropológica...; esto es el folklore, y no sólo la radiografía más o menos veraz y exacta de unos signos pasados.

El creador de mundos no es un demiurgo, pero sí un intérprete cualificado de unos deseos latentes de la sociedad, de una necesidad no se sabe si de autenticidad o utopía. El folklore imaginario se incorpora de pleno derecho al patrimonio de una civilización que sigue incesantemente interrogándose sobre el destino del hombre y sobre sus posibilidades de plenitud en el ejercicio de sus cualidades físicas y espirituales.


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