miércoles, 14 de enero de 2015

19 Los encerrados han de decidirse

1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 Epílogo


 Imagen: Victoria Flores


Hablaba una voz suave.

Momo salió lentamente de la profundidad de su sueño. Se sentía refrescada y descansada de modo maravilloso.

—La niña no tiene la culpa —oyó decir a la voz—, pero tú, “Casiopea”, ¿por qué lo has hecho?

Momo abrió los ojos. Junto a la mesita, delante del sofá, estaba sentado el maestro “Hora”. Miraba con cara apesadumbrada hacia el suelo, donde estaba la tortuga.

—¿No podías imaginarte que los hombres grises os seguirían? “Sólo preveo”, apareció en el caparazón de la tortuga, “No medito”.

El maestro “hora” movió la cabeza, suspirando.

—¡Ay, “Casiopea”! A veces eres un enigma incluso para mí.

Momo se sentó.

—¡Ajá! Nuestra pequeña Momo ha despertado —dijo, amablemente, el maestro “Hora”—. Espero que te encuentres bien.

—Muy bien, gracias —contestó Momo—. Perdona que me haya dormido aquí.

—No te preocupes —contestó el maestro “Hora”—. Está bien. No hace falta que me digas nada. En la medida en que no lo haya observado yo mismo por las gafas de visión total, “Casiopea” me lo ha contado todo.

—¿Y qué hay de los hombres grises? —preguntó Momo.

El maestro “Hora” sacó del bolsillo un gran pañuelo azul.

—Nos sitian. Han rodeado totalmente la casa de “Ninguna Parte”. Hasta donde pueden acercarse, claro.

—No pueden entrar aquí, ¿verdad? —preguntó Momo.

El maestro “Hora” se sonó.

—No. Tú misma has visto cómo se disuelven en la nada en cuanto pisan la calle de “Jamás”.

—¿Y cómo es eso? —quiso saber Momo.

—Es por la aspiración del tiempo —contestó el maestro “Hora”—. Sabes que allí hay que hacerlo todo al revés, ¿no? Y es que alrededor de la casa de “Ninguna Parte”, el tiempo corre al revés. Normalmente, el tiempo entra en ti. Por tener cada vez más tiempo dentro de ti, envejeces. Pero en la calle de “Jamás”, el tiempo sale de ti. Se puede decir que te has vuelto más joven mientras la recorrías. No mucho, sólo el tiempo que tardabas en recorrerla.

—No me he dado cuenta de nada —dijo Momo, sorprendida.

—Claro —explicó el maestro “Hora”, sonriendo—; para un hombre, apenas significa nada, porque es muchas cosas más, además del tiempo que hay en él. Pero con los hombres grises es otra cosa. Sólo se componen del tiempo robado. Y éste se les escapa en un instante si entran en la aspiración del tiempo, igual que el aire de un globo pinchado. Pero del globo queda, por lo menos, la funda; de ellos, nada.

Momo pensaba concentradamente. Al cabo de un rato preguntó:

—¿No se podría hacer correr al revés todo el tiempo? Sólo por un ratito, claro. Todos los hombres serían un poco más jóvenes, pero eso no importaría. Pero los ladrones de tiempo se disolverían en la nada.

El maestro “Hora” sonrió.

—Sería bonito. Pero no va. Las dos corrientes se mantienen en equilibrio. Si se elimina la una, desaparece la otra. Entonces no habría tiempo...

Calló y se subió a la frente las gafas de visión total.

—Esto quiere decir... —murmuró, se levantó, y recorrió algunas veces, pensativo, la salita. Momo le observaba, tensa, y también “Casiopea” le seguía con la vista.

Finalmente se sentó de nuevo y miró, atento, a Momo.

—Me has dado una idea —dijo—, pero el llevarla a la práctica no depende sólo de mí.

Se dirigió a la tortuga, que seguía a sus pies:

—”Casiopea”, querida, ¿qué crees que es lo mejor que se puede hacer durante el asedio? “Desayunar”, fue la respuesta que apareció en el caparazón.

—Sí —dijo el maestro “Hora”—, no es mala idea.

Al momento estaba puesta la mesa. ¿O acaso ya lo había estado todo el tiempo, sin que Momo se hubiera dado cuenta? En cualquier caso, ahí volvían a estar las tacitas de oro y todo el resto del desayuno: la jarrita del chocolate humeante, la miel, la mantequilla y los panecillos tiernos.

En el tiempo transcurrido, Momo había recordado con frecuencia estas deliciosas cosas y comenzó, en seguida, a comer a dos carrillos. Y esta vez le gustó más aún que la primera. Por cierto que esta vez también el maestro “Hora” comió con apetito.

—Quieren —dijo Momo al ratito, masticando con entusiasmo— que les des todo el tiempo de todos los hombres. Pero no lo harás, ¿verdad?

—No, Momo —contestó el maestro “Hora”—, no lo haré nunca. El tiempo ha comenzado una vez y acabará una vez, cuando los hombres no lo necesiten más. De mí, los hombres grises no recibirán el más breve instante.

—Pero dicen —prosiguió Momo— que pueden obligarte.

—Antes de que sigamos hablando de ello —dijo, serio—, quisiera que los vieras tú misma.

Se quitó las gafas de oro y se las pasó a Momo, que se las puso.

Al principio vio de nuevo los torbellinos de formas y colores, que le daban mareos, como la primera vez. Pero esta vez pasó pronto. Al cabo de un momento sus ojos ya se habían adaptado a la visión total.

¡Y ahora vio el ejército de sitiadores!

Los hombres grises estaban, codo con codo, en una hilera interminable. No sólo estaban ante la calle de “Jamás”, sino en un gran círculo que se tendía a través del barrio de las casas blancas y cuyo centro era la casa de “Ninguna Parte”. Estaban totalmente rodeados.

Pero entonces Momo se dio cuenta de otra cosa más, algo raro. Primero creyó que los cristales de las gafas de visión total estaban algo empañados, o que todavía no sabía mirar bien, porque una niebla gris hacía que los hombres grises se vieran como desvaídos. Pero entonces comprendió que esa niebla no tenía nada que ver con las gafas ni con sus ojos, sino que nacía allí, en la calle. En algunos lugares ya era densa y opaca, en otros sólo empezaba a formarse.

Los hombres grises estaban inmóviles. Cada uno llevaba, como siempre, su bombín, su cartera y, en la boca, humeaba el pequeño cigarro gris. Pero las nubes de humo no se difuminaban, tal como lo hacían en el aire normal. Aquí, donde no se movía el más leve viento, en este aire vítreo, el humo se tendía como espesas telarañas, se arrastraba por las calles, subía por las fachadas de las casas blancas y se tendía en largas banderas de balcón a balcón. Se reunía en jirones repugnantes, azul—verdosos, que se apilaban cada vez a mayor altura y rodeaban la casa de “Ninguna Parte” con una muralla que crecía sin parar.

Momo vio también que de vez en cuando llegaban hombres grises nuevos, que se colocaban en la hilera y relevaban a otros. Pero, ¿por qué hacían eso? ¿Qué plan tenían los ladrones de tiempo? Se quitó las gafas y miró interrogadora al maestro “Hora”.

—¿Has visto bastante? —preguntó éste—. Entonces, devuélveme las gafas.

Mientras él se las ponía, prosiguió:

—Has preguntado si me pueden obligar. A mí no pueden alcanzarme. Pero pueden causarles a los hombres un daño mayor que todo lo que han hecho hasta ahora. Con eso intentan hacerme chantaje.

—¿Algo peor? —preguntó Momo, asustada.

El maestro “Hora” asintió:

—Yo adjudico su tiempo a cada hombre. Contra eso no pueden hacer nada los hombres grises. Tampoco pueden detener el tiempo que yo envío. Pero pueden envenenarlo.

—¿Envenenar el tiempo? —preguntó Momo, espantada.

—Con el humo de sus cigarros —explicó el maestro “Hora”—. Te dije una vez que cada hombre posee un templo dorado del tiempo porque tiene corazón. Si los hombres permiten la entrada en él de los hombres grises, éstos consiguen hacerse con más y más de aquellas flores. Pero las flores horarias arrancadas del corazón de un hombre no pueden morir, porque no se han marchitado de verdad. Pero tampoco pueden vivir, porque están separadas de su verdadero propietario. Con todas las fibras de su ser tienden a volver al hombre al que pertenecen.

Momo escuchaba, sin aliento.

—Has de saber, Momo, que también el mal tiene su secreto. No sé dónde guardan los hombres grises las flores horarias robadas. Sólo sé que las congelan mediante su propio frío, hasta que las flores se quedan rígidas como copas de cristal. Esto les impide volver. En algún lugar, bajo suelo, debe haber unos almacenes enormes, donde está todo el tiempo congelado. Pero ni aun así mueren las flores horarias.

Las mejillas de Momo empezaron a brillar de enfado.

—Los hombres grises se aprovisionan en estos almacenes. Les arrancan los pétalos a las flores horarias, hasta que se vuelven grises y duras. Con eso se hacen sus pequeños cigarros. Pero hasta este momento todavía queda un poco de vida en los pétalos. Y el tiempo vivo es indigerible para los hombres grises. Por eso encienden los cigarros y se los fuman. Porque sólo en el humo está totalmente muerto el tiempo. Y de ese tiempo muerto viven.

Momo se había levantado.

—¡Ah! —exclamó—. Todo ese tiempo muerto...

—Sí. Esa muralla de humo que están haciendo crecer alrededor de la casa de “Ninguna Parte”, se compone de tiempo muerto. Todavía queda cielo abierto suficiente, todavía puedo hacerles llegar a los hombres su tiempo no contaminado. Pero cuando la campana de humo se haya cerrado a nuestro alrededor y encima de nosotros, en cada hora que yo envíe se mezclará un poco del tiempo muerto, fantasmal, de los hombres grises. Y cuando los hombres lo reciban, enfermarán de muerte.

Momo miraba fijamente al maestro “Hora”. En voz baja preguntó:

—¿Qué enfermedad es ésa?

—Al principio apenas se nota. Un día, ya no se tiene ganas de hacer nada. Nada le interesa a uno, se aburre. Y esa desgana no desaparece, sino que aumenta lentamente. Se hace peor de día en día, de semana en semana. Uno se siente cada vez más descontento, más vacío, más insatisfecho con uno mismo y con el mundo. Después desaparece incluso este sentimiento y ya no se siente nada. Uno se vuelve totalmente indiferente y gris, todo el mundo parece extraño y ya no importa nada. Ya no hay ira ni entusiasmo, uno ya no puede alegrarse ni entristecerse, se olvida de reír y llorar. Entonces se ha hecho el frío dentro de uno y ya no se puede querer a nadie. Cuando se ha llegado a este punto, la enfermedad es incurable. Ya no hay retorno. Se corre de un lado a otro con la cara vacía, gris, y se ha vuelto uno igual que los propios hombres grises. Se es uno de ellos. Esta enfermedad se llama aburrimiento mortal.

Momo sintió un escalofrío.

—Y si no le das el tiempo de todos los hombres —preguntó—, ¿harán que todos los hombres se vuelvan como ellos?

—Sí —contestó el maestro “Hora”—. Con eso quieren chantajearme.

Se levantó y se volvió.

—Hasta ahora he esperado que los hombres hicieran alguna cosa por su propia cuenta para librarse de estos parásitos. Habrían podido hacerlo, porque ellos mismos han ayudado a darles la existencia. Pero ahora no puedo esperar más. Tengo que hacer algo. Pero no puedo hacerlo solo.

Miró a Momo.

—¿Quieres ayudarme?

—Sí —susurró Momo.

—Tengo que enviarte a un peligro que no se puede calibrar siquiera —dijo el maestro “Hora”—, y dependerá de ti, Momo, el que el mundo se quede parado para siempre o vuelva a cobrar vida. ¿Querrás atreverte?

—Sí —repitió Momo, y esta vez su voz sonó firme.

—Entonces —dijo el maestro “Hora”—, presta mucha atención a lo que te digo, porque estarás totalmemte sola y yo no podré ayudarte más. Ni yo ni nadie.

Momo asintió y miró al maestro “Hora” con gran atención.

—Has de saber —empezó— que yo nunca duermo. Si yo durmiera, se acabaría, en el mismo instante, todo el tiempo. El mundo se pararía. Pero si no hay tiempo, los hombres grises ya no pueden robar a nadie. Cierto que pueden seguir existiendo un rato, porque tienen grandes reservas de tiempo. Pero cuando éstas se hayan consumido, se disolverán en la nada.

—Pero entonces —opinó Momo—, es muy sencillo.

—Por desgracia, no es tan sencillo; por eso necesito tu ayuda, mi niña. Porque si no hay más tiempo, yo tampoco puedo volver a despertar. Con eso, el mundo se quedaría quieto y rígido por toda la eternidad. Pero tengo la facultad, Momo, de darte a ti, sólo a ti, una flor horaria. Pero sólo una, porque sólo florece una cada vez. Así que, cuando se hubiera acabado todo el tiempo del mundo, tú todavía tendrías una hora.

—Pero entonces podría despertarte —dijo Momo.

—Con eso sólo —opuso el maestro “Hora”, no habríamos conseguido nada, porque las provisiones de los hombres grises son mucho mayores. En una sola hora no habrían gastado apenas nada de ellas. Todavía existirían. Los problemas que has de resolver son mucho mayores. En cuanto los hombres grises se den cuenta de que se ha acabado el tiempo —y se darán cuenta pronto, porque se quedarán sin aprovisionamiento de cigarros— levantarán el sitio y correrán hacia sus provisiones. Y tú tendrás que seguirlos hacia allí, Momo. Cuando hayas encontrado su escondite, tendrás que impedirles que puedan acceder a sus provisiones. En cuanto se acaben sus cigarros, también se acabarán ellos. Pero entonces todavía te quedará una cosa por hacer, que podría ser la más difícil. Cuando haya desaparecido el último ladrón de tiempo, tendrás que dejar en libertad todo el tiempo robado. Porque sólo si vuelve a los hombres, el mundo dejará de estar detenido y yo podré volver a despertarme. Y para todo eso no tienes más que una sola hora.

Momo miró perpleja al maestro “Hora”. No había contado con tal montaña de dificultades y peligros.

—Aun así, ¿quieres intentarlo? —preguntó el maestro “Hora”—. Es la única y última posibilidad.

Momo calló.

Le parecía imposible poder hacer todo aquello. “Voy contigo”, leyó de pronto, en la coraza de “Casiopea”.

¡De qué le serviría la tortuga! Y, no obstante, era un rayo de esperanza para Momo. La idea de no estar del todo sola le daba valor. Cierto que era un valor sin ningún motivo razonable, pero hizo que, de pronto, pudiera decidirse.

—Lo intentaré —dijo, decidida.

El maestro “Hora” la miró largo rato y comenzó a sonreír.

—Muchas cosas serán más sencillas de lo que parecen ahora. Has oído la voz de las estrellas. No has de tener miedo.

Entonces se volvió a la tortuga y preguntó:

—¿Así que tú, “Casiopea”, quieres ir con ella? “Claro”, apareció en el caparazón. La palabra desapareció y se formó la frase: “Alguien ha de cuidar de ella”.

El maestro “Hora” y Momo se sonrieron.

—¿También le darás una flor horaria? —preguntó Momo.

—”Casiopea” no la necesita —explicó el maestro “Hora”, mientras le rascaba la cabeza—, es un ser de fuera del tiempo. Ella lleva su tiempo en sí misma. Podría seguir arrastrándose por el mundo aun cuando todo se hubiera detenido para siempre.

—Bien —dijo Momo, en quien despertaba el deseo de la acción—, ¿qué hay que hacer ahora?

—Ahora —contestó el maestro “Hora”—, vamos a despedirnos.

Momo tragó saliva, para preguntar en voz baja:

—¿Es que no nos veremos más?

—Volveremos a vernos, Momo —repuso el maestro “Hora”—, y hasta entonces, cada hora de tu vida te traerá un saludo mío. Porque seguiremos siendo amigos, ¿no?

—Sí —dijo Momo, y asintió.

—Ahora me voy —prosiguió el maestro “Hora”— y no debes seguirme ni preguntarme a dónde voy. Porque mi sueño no es un sueño normal y es mejor que no estés presente. Una cosa más: en cuanto me haya ido, tienes que abrir en seguida las dos puertas, tanto la pequeña, en la que está mi nombre, como la grande, de metal verde, que conduce a la calle de “Jamás”. Porque en cuanto se pare el tiempo, todo se detendrá y ninguna fuerza del mundo podría abrir esas puertas. ¿Lo has entendido todo, mi niña?

—Sí —dijo Momo—, pero, ¿cómo sabré que se ha detenido el tiempo?

—No te preocupes; te darás cuenta.

El maestro “Hora” se levantó, y también Momo se puso en pie. Le pasó suavemente la mano por la crespa cabellera.

—Adiós, mi querida Momo —dijo—, me has dado una gran alegría al escucharme también a mí.

—Les hablaré a todos de ti —contestó Momo—, más tarde.

Y, de repente, el maestro “Hora” volvió a parecer inexplicablemente viejo, como aquel día en que la llevó al templo dorado, viejo como una roca o como un árbol secular.

Se volvió y salió rápidamente de la habitación formada por las paredes posteriores de los relojes. Momo oyó sus pasos, cada vez más lejos, hasta que ya no se pudieron distinguir del tic—tac de los muchos relojes. Acaso se había hundido en ese tic—tac.

Momo levantó a “Casiopea” y la apretó contra su cuerpo. Había empezado, irrevocablemente, su mayor aventura.


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Recopilatorio de los mejores artículos en español sobre la vida y obra de Michael Ende, autor de La historia interminable y Momo. Escritor alemán de la postguerra, nacido en Garmisch-Partenkirchen, el 12 de Noviembre de 1929 y muerto el 28 de Agosto de 1995 en Stuttgart,

Aquel que quiera hacer magia, tiene que poder aplicar y dominar su capacidad de desear.. Con la tecnología de Blogger.

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