martes, 6 de enero de 2015

15 Encontrado y perdido

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 Imagen: Victoria Flores



Al día siguiente, Momo se puso en camino bien temprano para buscar la casa de Gigi. Claro que volvió a llevarse la tortuga.

Momo sabía dónde estaba la colina verde. Era un barrio residencial, muy lejos de la zona del viejo anfiteatro. Estaba cerca de los barrios nuevos, es decir, al otro lado de la gran ciudad.

Era un largo camino. Es cierto que Momo estaba acostumbrada a caminar descalza, pero cuando por fin llegó a la colina verde, le dolían los pies.

Se sentó en el bordillo para descansar un poquito.
Era realmente un barrio muy distinguido. Las calles eran muy anchas, estaban muy limpias y casi desiertas. En los jardines, detrás de los muros y de las rejas de hierro, árboles seculares alzaban al cielo sus copas. Las casas, en los jardines, eran por lo general edificios alargados, chatos, de hormigón y cristal. El césped afeitado delante de las casas era jugoso e invitaba a dar volteretas en él. Pero por ningún lado se veía pasear a nadie por los jardines ni jugar en el césped. Puede que sus habitantes no tuvieran tiempo.

—Si supiera cómo descubrir dónde vive Gigi —le dijo Momo a la tortuga. “Lo sabrás”, apareció escrito en la espalda de “Casiopea”.

—¿Tú crees? —preguntó Momo, esperanzada.

—¡Eh, tú, cochina! —dijo de repente, una voz detrás de ella—. ¿Qué haces aquí?

Momo se volvió. Había allí un hombre que llevaba un curioso chaleco a rayas. Momo no sabía que los criados de la gente rica llevaban chalecos así. Se levantó y dijo:

—Buenos días. Busco la casa de Gigi. Nino me ha dicho que ahora vive aquí.

—¿Que buscas la casa de quién?

—De Gigi Cicerone. Es mi amigo.

El hombre del chaleco a rayas miró a Momo con desconfianza. Detrás de él, la puerta de hierro había quedado algo abierta, y Momo pudo echar una mirada al jardín. Vio un amplio césped en el que jugaban unos galgos y chapoteaba una fuente. Sobre un árbol en flor estaba posada una pareja de pavos reales.

—¡Oh! —gritó Momo admirada—. ¡Qué pájaros tan bonitos!

Quiso entrar para verlos más de cerca, pero el hombre del chaleco la retuvo por el cuello.

—¡Quieta! —dijo—. ¡Qué te has creído, cochina!

Soltó a Momo y se limpió la mano con su pañuelo, como si hubiera tocado algo muy asqueroso.

—¿Es tuyo todo esto? —preguntó Momo, señalando a través de la puerta abierta.

—No —dijo el hombre, menos amable todavía—. ¡Lárgate! No se te ha perdido nada por aquí.

—Sí —contestó Momo, con tesón—, he de buscar a Gigi Cicerone. Me espera. ¿No lo conoces?

—Por aquí no hay cicerones —replicó el hombre del chaleco y se volvió. Entró en el jardín y quería cerrar la puerta, cuando, en el último momento, se le ocurrió algo.

—¿No te referirás acaso a Girolamo, el famoso narrador?

—Pues claro, Gigi Cicerone —contestó Momo, alegre—, así se llama. ¿Sabes dónde está su casa?

—¿De verdad que te espera? —quiso saber el hombre.

—Sí —dijo Momo—, de verdad. Es mi amigo y me paga todo lo que como en casa de Nino.

El hombre del chaleco arqueó las cejas y movió la cabeza.

—Esos artistas —dijo, agrio—, qué caprichos tan tontos tienen. Pero si de verdad crees que apreciará tu visita, su casa es la última de allí arriba, en esta calle.

Y cerró la puerta. “Lacayo”, ponía en el caparazón de “Casiopea”, pero las letras desaparecieron enseguida.

La última casa, en lo alto de la calle, estaba rodeada de un muro de altura superior a un hombre. Y la puerta del jardín, al igual que la del hombre del chaleco, era de planchas de hierro, de modo que no se podía mirar al interior. No se veía por ninguna parte un timbre o una placa con un nombre.

—Me gustaría saber —dijo Momo— si ésta es de verdad la casa de Gigi. No se le parece. “Lo es”, ponía en el caparazón de la tortuga.

—¿Por qué está todo tan cerrado? —preguntó Momo—. Así no puedo entrar. “Espera”, apareció como respuesta.

—Está bien —dijo Momo, con un suspiro—. Pero puede que tenga que esperar mucho. Cómo ha de saber Gigi que estoy aquí fuera... si es que está dentro. “Ya viene”, se podía leer en el caparazón.

Así que Momo se sentó justo delante de la puerta y esperó pacientemente. Durante mucho rato no pasó nada, y Momo comenzó a pensar si “Casiopea” no se habría equivocado esta única vez.

—¿Estás bien segura? —preguntó al rato.

En lugar de la respuesta esperada apareció en el caparazón la palabra “Adiós”.

Momo se asustó.

—¿Qué quieres decir, “Casiopea”? ¿Ya quieres dejarme? ¿Qué vas a hacer? “Buscarte”, fue la respuesta, más enigmática todavía, de “Casiopea”.

En ese momento se abrió, de repente, la puerta y salió, a toda marcha, un gran coche de lujo. Momo tuvo el tiempo justo de salvarse con un salto hacia atrás y cayó.

El coche siguió su camino un poco para frenar después con gran chirrido de neumáticos. Se abrió la portezuela y Gigi saltó al suelo.

—¡Momo! —gritó, con los brazos extendidos—. Es Momo en persona; mi pequeña Momo.

Momo se había levantado de un salto y corrió hacia él. Gigi la recogió y la levantó en sus brazos, le dio cien besos y bailó con ella por la calle.

—¿Te has hecho daño? —preguntó, sin aliento, pero no esperó lo que ella pudiera decir, sino que siguió hablando, excitadísimo—:

Me sabe mal haberte asustado, pero tengo una prisa enorme, ¿entiendes? Ya vuelvo a llegar tarde. ¿Dónde has estado todo este tiempo? Tienes que contármelo todo. Ya no creía que volvieras. ¿Has encontrado mi carta? ¿Sí? ¿Estaba todavía? ¿Y has ido a comer a casa de Nino? ¿Te ha gustado? Tenemos que contarnos tantas cosas, Momo; han pasado tantas cosas mientras tanto. ¿Como te va? ¡Pero habla! Y el viejo Beppo, ¿qué hace? Hace siglos que no le veo. ¿Y los niños? ¿Sabes, Momo?, muchas veces pienso en la época en que todavía estábamos todos juntos y yo os contaba historias. ¡Qué tiempos tan bonitos! Pero ahora todo, todo es diferente.

Momo había intentado varias veces contestar a las preguntas de Gigi. Pero él no interrumpía su torrente de palabras, se limitó a esperar y mirarle. Tenía un aspecto distinto de antes, tan cuidado, y olía tan bien. Pero, de alguna manera, le resultaba muy extraño.

Mientras tanto, se habían apeado del coche cuatro personas más: un hombre con un uniforme de cuero de chófer y tres señoras de caras severas y muy maquilladas.

—¿Se ha hecho daño? —preguntó una, más reprochadora que preocupada.

—No, no, nada —aseguró Gigi—, sólo se ha asustado.

—¿Por qué vagabundea delante de la puerta? —dijo la segunda señora.

—¡Pero si es Momo! —gritó Gigi, riéndose—. ¡Es mi vieja amiga Momo!

—¿Así que esa niña existe de verdad? —preguntó sorprendida la tercera señora—. Yo siempre la había tenido por una de sus invenciones. Podíamos pasarlo en seguida a la prensa.

Reencuentro con la princesa de los cuentos, o algo así; eso hará mucho efecto. Lo organizaré inmediatamente. ¡Qué golpe!

—No —dijo Gigi—, no me gustaría eso.

—Pero a ti, pequeña —la primera señora se volvió, sonriendo ahora, a Momo—, a ti sí te gustaría salir en los periódicos, ¿verdad?

—Deje en paz a la niña —dijo Gigi, molesto.

La segunda señora echó una mirada a su reloj.

—Si no vamos a toda velocidad, el avión se nos irá delante de las narices. Y usted sabe lo que esto significaría.

—Dios mío —contestó Gigi, nervioso—, es que ya no puedo hablar unas palabras con tranquilidad con Momo, después de tanto tiempo. Ya lo ves, Momo, que esos negreros no me dejan.

—A nosotras nos es igual —replicó puntillosa, la segunda señora—. Nosotras sólo hacemos nuestro trabajo. Usted nos paga para que le organicemos sus citas, estimado jefe.

—Sí, claro, claro —concedió Gigi—. Vámonos, pues. ¿Sabes qué, Momo? Te vienes con nosotros al aeropuerto. Así podremos hablar por el camino. Y, después, mi chófer te llevará a casa. ¿De acuerdo?

No esperó a que Momo contestara, sino que la llevó de la mano hacia el coche. Las tres señoras se sentaron en el asiento posterior. Gigi se sentó al lado del chófer y sentó a Momo en sus rodillas. Se pusieron en marcha.

—Bien —dijo Gigi—, ahora cuenta, Momo. Pero todo por orden. ¿Cómo desapareciste tan de repente?

Precisamente cuando Momo quería empezar a hablar del maestro “Hora” y sus flores horarias, fue cuando una de las señoras se inclinó hacia adelante.

—Perdón —dijo—, pero se me acaba de ocurrir una idea fabulosa. Deberíamos presentar a Momo a la “Public Film”. Sería exactamente la nueva estrella infantil que necesitamos para su historia de vagabundos, que pronto se empezará a rodar. Imagínese qué sensación: Momo interpreta a Momo.

—¿Es que no me has entendido? —preguntó Gigi con dureza—. No quiero que, bajo ningún concepto, mezcle a la niña en eso.

—La verdad, no sé lo que quiere —respondió la señora, ofendida—. Cualquier otro se chuparía los dedos por una ocasión así.

—¡Yo no soy cualquier otro! —gritó Gigi encolerizado. Vuelto hacia Momo, añadió—: Perdona, Momo; puede que no lo entiendas, pero no quiero que esa jauría también te agarre a ti.

Ahora estaban ofendidas las tres señoras.

Gigi suspiró, se llevó las manos a la cabeza, después sacó del bolsillo de su chaleco una cajita de plata, extrajo de ella una píldora y se la tomó.

Durante unos minutos nadie dijo nada.

Por fin, Gigi se volvió hacia las señoras:

—Perdonen —dijo, agotado—, no me refería a ustedes. Tengo los nervios destrozados.

—Está bien, ya estamos acostumbradas —dijo la primera señora.

—Y ahora —prosiguió Gigi, dedicándole a Momo una sonrisa un tanto torcida—, sólo hablaremos de nosotros, Momo.

—Una pregunta más, antes de que sea demasiado tarde —interrumpió la segunda señora—. Es que estamos a punto de llegar. ¿No me podría dejar que le hiciera rápidamente una entrevista a la niña?

—¡Basta! —chilló Gigi, iracundo—. Yo quiero hablar ahora con Momo, y en privado. Es importante para mí. ¿Cuántas veces habré de decirlo?

—Usted mismo siempre nos reprocha —replicó, iracunda también la señora— que no le hago la suficiente publicidad.

—Es verdad —sollozó Gigi—. Pero no ahora. ¡Ahora no!

—Es una verdadera lástima —opinó la señora—. Haría llorar a la gente. Pero como usted quiera. Podemos dejarlo para más adelante, si...

—¡No! —la interrumpió Gigi—. Ni ahora ni más adelante. Y, ahora cállese, por favor, mientras hablo con Momo.

—Un momento —contestó la señora con igual vehemencia—, se trata de “su” publicidad, no de la mía. Y debería reflexionar si en los momentos actuales puede permitirse el dejar escapar una ocasión así.

—¡No! —gritó Gigi, desesperado—. No me lo puedo permitir. Pero dejaremos a Momo fuera del juego. Y ahora, se lo suplico, déjennos en paz a los dos durante cinco minutos.

Las señoras se callaron. Gigi se pasó la mano, agotado, por los ojos.

—Ya lo ves. A eso hemos llegado —dejó oír una risita amarga—. No puedo volverme atrás, ni aunque quisiera. Se acabó. Una cosa te puedo decir, Momo: lo más peligroso que existe en la vida son las ilusiones que se cumplen. Por lo menos, cuando ocurre como en mi caso. Ya no me queda nada con qué soñar. Ni siquiera entre vosotros podría volver a aprenderlo. Estoy tan harto de todo.

Miró por la ventanilla, triste.

—Lo único que todavía podría hacer sería cerrar la boca, no contar nada más, enmudecer, quizá hasta el fin de mi vida, pero por lo menos hasta que se me hubiera olvidado y volviera a ser un pobre diablo desconocido. Pero pobre, y sin ilusiones... No, Momo, eso será el infierno. Por eso prefiero quedarme donde estoy. También es un infierno, pero por lo menos es cómodo... ¡Qué tonterías estoy diciendo! No podrás entenderlo.

Momo sólo le miraba y entendía que estaba enfermo, mortalmente enfermo. Intuía que los hombres grises no eran ajenos a ello. Pero no sabía cómo ayudarle cuando él mismo no lo quería.

—No paro de hablar de mí mismo —dijo Gigi—. Cuenta ahora, por fin, qué te ha ocurrido a ti mientras tanto, Momo.

En ese momento, el coche paró ante el aeropuerto.

Todos se apearon y corrieron hacia la terminal. Allí ya esperaban a Gigi algunas azafatas uniformadas. Unos periodistas le fotografiaban y le hacían preguntas. Pero las azafatas le daban prisa, porque el avión tenía que despegar en pocos minutos.

Gigi se inclinó hacia Momo y la miró. De repente se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Escúchame, Momo —dijo en voz tan baja que los demás no pudieran oírlo—, quédate conmigo. Te llevo conmigo en este viaje y a todas partes. Vivirás conmigo en mi hermosa casa y vestirás de seda y terciopelo como una princesa de verdad. Sólo tendrás que escucharme. Puede que entonces se me vuelvan a ocurrir cuentos de verdad, como los de antes, ¿te acuerdas? Sólo tienes que decir que sí, Momo, y todo se arreglará. Por favor, ayúdame.

A Momo le habría gustado ayudar a Gigi. Le dolía el corazón por ello. Pero sentía que ése no era el buen camino, que Gigi tenía que volver a ser Gigi y que no le serviría de nada el que ella dejara de ser Momo. También sus ojos se llenaron de lágrimas. Movió la cabeza. Y Gigi la entendió. Asintió, triste, mientras que las señoras, a las que él mismo pagaba para eso, se le llevaron. Volvió a saludar con la mano, desde lejos. Momo le devolvió el saludo, y ya había desaparecido.

Durante su encuentro con Gigi, Momo no había podido decir ni una sola palabra. Y habría tenido tanto que decirle. Le parecía que ahora, cuando le había encontrado, le había perdido de verdad.

Se volvió lentamente y se dirigió a la salida de la terminal. De pronto le recorrió un susto tremendo: ¡también había perdido a “Casiopea”!

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Recopilatorio de los mejores artículos en español sobre la vida y obra de Michael Ende, autor de La historia interminable y Momo. Escritor alemán de la postguerra, nacido en Garmisch-Partenkirchen, el 12 de Noviembre de 1929 y muerto el 28 de Agosto de 1995 en Stuttgart,

Aquel que quiera hacer magia, tiene que poder aplicar y dominar su capacidad de desear.. Con la tecnología de Blogger.

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