lunes, 4 de agosto de 2014

El teatro de sombras de Ofelia

Imagen: Binette Schroeder



En una vieja y diminuta ciudad vivía una diminuta ancianita que se llamaba Ofelia. Cuando nació, y ya hacía tiempo de aquello, sus padres dijeron:

- Algún día nuestra niña será una famosa actriz.

Por eso le dieron el nombre de la protagonista de una conocida obra de teatro.

Ofelia heredó de sus padres la admiración por la hermosa lengua de los poetas, pero nada más. No podía convertirse en una famosa actriz. Tenia una voz demasiado fina. Sin embargo quería servir al arte de alguna manera, aunque fuera en forma muy diversa.

En la vieja y diminuta ciudad había un bello teatro. Delante, en el borde del escenario, estaba el puesto del apuntador. Allíi se sentaba la señorita Ofelia, y dictaba a los actores las palabras de sus respectivos papeles, para que no enmudecieran. Su tono de voz era ideal para aquello, porque el publico no podía oírla.


Ofelia ejerció aquella profesión durante toda la vida y estaba contenta. Asi, se fue aprendiendo de memoria las mas grandes comedias y tragedias del mundo, y ya no necesitaba mirar en los libros.

La señorita Ofelia envejeció y los tiempos cambiaron. Cada vez iba menos gente al teatro, porque había cine, televisión y otras muchas distracciones. La mayoría de las personas tenían coche y si querían ir alguna vez al teatro, preferían viajar hasta la ciudad más próxima. Allí podían ver actores mucho mas conocidos y lo que aun era mejor dejarse admirar por los demás.

El teatro cerró sus puertas y los actores se marcharon y la vieja señorita Ofelia permaneció completamente sola en el teatro.

Estaba sentada en su puesto y recordaba su vida pasada. De pronto, vió una sombra que se deslizaba entre bastidores. A veces se hacía grande; a veces pequeña. Pero no había nadie que la provocara.

- ¡Hola! -dijo la señorita Ofelia con su fina voz-. ¿Hay alguien ahí?
La sombra se asustó y se encogió sobre si misma. No tenía una forma determinada. Pero luego se serenó y se hizo mayor.
- Disculpe -dijo-, No sabía que aún había alguien. No quería asustarla. Me he refugiado aquí porque no sé adónde ir. Por favor, no me eche a la calle.
- ¿Eres una sombra? -preguntó Ofelia
La sombra asintió.
- ¡Pero todas las sombras pertenecen a alguien! -añadió Ofelia

- No -respondió la sombra-, no todas. En el mundo hay algunas sombras sobrantes, que no pertenecen a nadie y a quien nadie quiere. Yo soy una de ellas. Me llamo Picarasombra.
- Ya -dijo la señorita Ofelia- ¿Y no es triste estar sin nadie a quien acompañar?
- Muy triste -afirmó la sombra, y gimió débilmente-. ¿Pero qué puedo hacer?
- ¿Quieres venir conmigo? -preguntó la anciana-. Yo tampoco pertenezco a nadie.
- Encantada -contestó la sombra-, sería maravilloso, pero entonces tendría que sujetarme a usted, y usted ya tiene una sombra propia.
- Os llevareis bien las dos -dijo la señorita Ofelia.

Desde entonces, Ofelia tuvo dos sombras. Muy poca gente lo notaba. Pero los que lo hacían se asombraban y lo encontraban un poco extraño. Ofelia no quería ser pasto de los cuchicheos de la gente, así que pedía a cualquiera de las dos sombras que, de día, se hiciera pequeña y se metiera en su bolso. Las sombras caben en cualquier sitio.

Un día, la señorita Ofelia, sentada en un banco de la iglesia, hablaba con Dios. Esperaba que Él la oiría a pesar de su fina voz (muy segura no estaba). De pronto vio una sombra sobre una pared blanca. Parecía muy demacrada y extendía su mano implorante.

- ¿Eres también una sombra que no pertenece a nadie? -preguntó.
- Sí -dijo la sombra-, pero se ha corrido la voz de que hay alguien que nos acoge ¿Eres tú?
- Sí, pero ya tengo dos sombras -respondió la señorita Ofelia.
- Entonces, una más no te importará -suplicó la sombra-. ¿No podrías recogerme? Me siento tan triste y sola sin tener a nadie.
- ¿Cómo te llamas? -preguntó la anciana con amabilidad.
- Me llamo Miedo a la Oscuridad -susurró la sombra.
- Bueno, ven -dijo la señorita Ofelia.

Y así, desde entonces, tuvo tres sombras.

A partir de entonces, se le unieron nuevas sombras sin dueño, pues hay muchas en el mundo.
La cuarta se llamaba Guadaña Sola.
La quinta, Noche enfermiza.
La sexta, Nunca Jamás.
La séptima, Ingravidez.

Y todo continuó igual. La vieja señorita Ofelia era pobre, pero las sombras no necesitaban nada para comer ni ropas con las que cubrirse. A veces, el cuartucho en donde vivía estaba oscuro y repleto de muchas sombras que se quedaban con ella, porque nadie las quería. La señorita Ofelia no tenía valor para echarlas. Y siguieron llegando más y más.

Lo peor era cuando las sombras empezaban a pelearse. Reñian por el mejor sitio, y luchaban entre sí y, a veces, entre las sombras se establecía un combate de boxeo en toda regla. Esas noches la pequeña y vieja señorita Ofelia permanecía en la cama con los ojos abiertos e intentaba apaciguar a las sombras con su voz queda. Pero no tenía demasiado éxito.

La señorita Ofelia no quería peleas, salvo las que tenían lugar en el escenario, en la hermosa lengua de los poetas. Pero aquello era distinto. Un día se le ocurrió una idea.

- Escuchad -dijo a las sombras-, si queréis quedaros conmigo, tendréis que aprender algo.

Las sombras pararon de pelear y la miraron impacientes desde todos los rincones de la pequeña habitación.
Entonces les recitó las hermosas palabras de los poetas. Se las sabía de memoria. Repitió algunas escenas muy despacio e invitó a las sombras a que la imitaran. Las sombras se esforzaron y fueron muy dóciles.
Así, aprendieron de boca de la vieja y diminuta señorita Ofelia las más grandes comedias y tragedias del mundo.
Desde entonces la vida de las sombras fue muy distinta. Podían representarlo todo, podían adoptar la apariencia de un enano o de un gigante, de un hombre o de una mesa. Y, a menudo, pasaban noches enteras representando ante la señorita Ofelia las más maravillosas obras de teatro. Y ella les apuntaba las palabras para que no enmudecieran.

Durante el día vivían todas, salvo la suya, lógicamente, en el bolso de la señorita Ofelia. Las sombras pueden volverse increíblemente pequeñas si quieren.
Las gentes no podían ver las sombras de la señorita Ofelia, pero notaban que ocurría algo extraordinario. Y a las gentes no les gustan las cosas extraordinarias.

- Esa anciana es una mujer extravagante, decían unos a sus espaldas-. Habrá que llevarla a un asilo, en donde la cuiden.
Y otros decían:
- Quizá esté loca. Quién sabe lo que puede llegar a hacer algún día.
Y todos se apartaban de su camino.
Finalmente, un día llegó el dueño de la casa en la que la señorita Ofelia tenía su cuarto, y dijo:
- Lo siento mucho, pero tendrá que pagar el doble de alquiler que hasta ahora.
La señorita Ofelia no podía permitirselo.
Entonces, dijo el dueño:
- Será mejor que se mude. Lo siento.


La señorita Ofelia empaquetó todo lo que tenía en una maleta, no era mucho, y se marchó. Se compró un billete, se subió a un tren y partió no sabía en qué dirección.

Cuando ya había viajado bastante, se bajó y siguió a pie. En una mano llevaba la maleta; en la otra, su bolso con todas las sombras dentro.
Era una calle larga, muy larga.
Finalmente, Ofelia llegó hasta el mar. No podía seguir andando. Por eso se sentó para descansar un poco, y se durmió.
Las sombras salieron del bolso, la rodearon y se preguntaban qué había ocurrido.

- En realidad-, dijeron- nosotras somos las causantes de que la señorita Ofelia esté en esta situación. Ella nos ha ayudado y ahora tenemos que ayudarla nosotras. Todas hemos aprendido algo de ella; quizá consigamos velar por su bienestar.
Cuando la señorita se despertó, le contaron el plan que habían ideado.
- ¡Gracias! -dijo la señorita Ofelia-. ¡Es muy amable por vuestra parte!.


Cuando llegó a un pequeño pueblo, sacó de su maleta una sábana blanca y la colgó de una barra para tender alfombras. Y las sombras empezaron a representar sobre la tela las obras que habían aprendido de la señorita Ofelia. Ella estaba sentada detrás y les susurraba las hermosas palabras de los poetas, para que no enmudecieran.
Primero llegaron unos cuantos niños y observaron asombrados. Al atardecer se acercaron algunos mayores y, al final, pagaron una menudencia por la interesante representación.
Así fue la señorita Ofelia de pueblo en pueblo y de lugar en lugar, y sus sombras se transformaron en reyes y bufones, en nobles doncellas y fogosos corceles, en magos y flores. La gente pasaba por allí y observaba, y tenía que reír y llorar.
Pronto, la señorita Ofelia se hizo famosa y, cuando llegaba a cualquier parte, ya la esperaban; porque no habían visto nunca nada igual. El público aplaudía y pagaba algo; unos más, otros menos.
Después de un tiempo, la señorita Ofelia ahorró suficiente dinero para comprarse un pequeño y viejo coche. Hizo que un artista lo decorara y pusiera a ambos lados con grandes letras:
TEATRO DE SOMBRAS DE OFELIA.


Con él recorrió el mundo entero, y sus sombras también.

Aquí podría acabar la historia, pero no fue así. Un día en que la señorita Ofelia atravesaba con su coche una tormenta de nieve, éste se quedó parado y una gigantesca sombra apareció delante de ellos. Era mucho más oscura que todas las demás.

- ¿Eres tú también una de esas de las que nadie quiere? -le preguntó.
- Sí -dijo la sombra despacio-, creo que se podría decir así.
- ¿Quieres venir conmigo?-, se interesó la señorita Ofelia.
- ¿Me acogerías también a mí? - quiso informarse la enorme sombra, y se acercó un poco más.
- Tengo ya más de la cuenta -, opinó la vieja-, pero en algún sitio tienes que quedarte.
- ¿No quieres saber antes mi nombre? -preguntó la sombra.
- ¿Cómo te llamas?
- Me llaman Muerte.

Durante un largo tiempo hubo silencio.

- A pesar de todo, ¿quieres acogerme? -preguntó, finalmente, la sombra con suavidad.
- Sí -dijo la señorita Ofelia-. Ven.

Entonces, la fría sombra la envolvió, y a su alrededor reinó la oscuridad. Y sintió que le nacían unos nuevos ojos, que eran jóvenes y claros y no viejos y cortos de vista como antes. Ya no necesitaba gafas para ver dónde se encontraba. Estaba ante las puertas del cielo. A su alrededor había figuras extraordinariamente bellas que llevaban ropajes de colores vistosos y le sonreían.

- ¿Quiénes sois? -preguntó la señorita Ofelia.
- ¿Ya no nos conoces? -dijieron ellas-, somos las sombras sobrantes que acogiste. Estamos salvadas y no necesitamos vagar más.

Las puertas del cielo se abrieron y las luminosas figuras entraron acompañando a la diminuta y anciana señorita Ofelia. La llevaron hasta un maravilloso palacio, que era el teatro más bello y suntuoso que se pueda imaginar. Encima de la entrada ponía con grandes letras doradas:

ESCENARIO DE LUCES DE OFELIA.

Y, desde entonces, allí interpretan para los ángeles el destino de los hombres, en la hermosa lengua de los poetas, que los ángeles también comprenden. De esta manera, éstos aprenden qué desdichado y qué grandioso, qué triste y qué cómico puede resultar ser un hombre y vivir en la Tierra.
Y la señorita Ofelia susurra a sus actores las palabras, para que no enmudezcan. Y dicen que, a veces, va Dios a escucharlas. Pero nadie lo sabe con seguridad.

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